Tony de Mello

Julio López, 11 de septiembre de 2018

Contaba Tony de Mello en uno de sus relatos la siguiente historia. Iba a celebrarse una gran fiesta en el pueblo, y cada uno de los habitantes tenía que contribuir vertiendo una botella de vino en un gigantesco barril. Cuando llegó la hora de comenzar el banquete y se abrió la espita del barril, lo que salió de éste fue agua. Y es que uno de los habitantes del pueblo había pensado, “Si echo una botella de agua en ese enorme barril, nadie lo advertirá”. Lo que no pensó es que a todos pudiera ocurrírseles la misma idea.

Un concepto que tenemos meridianamente claro y grabado en la piel es que no existen las opciones gratuitas. Definiéndolo como la posibilidad de obtener un beneficio sin incurrir anteriormente en un coste. También lo podemos asimilar a una curva de eficiencia, puedes elegir puntos de esa curva donde estar, pero no puedes estar en un espacio fuera de la misma. Este pensamiento me viene cada vez que miro el diferencial entre la bolsa europea y la bolsa americana, y todas las lecturas que se pueden sacar de ese gráfico. Se pueden hacer lecturas de tipo macroeconómico, microeconómico o social. La idea confusa y algo borrosa que no tengo claro que pueda llevar a dibujar de forma meridiana, es si el modelo económico europeo, más equitativo, con mayor defensa de los trabajadores y personas más débiles, comprometido con el medio ambiente, es el “más eficiente” en un mercado global. Es como un boxeador que peleara bajo las reglas del Marqués de Queensberry, cuando los otros púgiles están valiéndose de patadas y bocados. En Estados Unidos han tenido bajadas de impuestos, un mercado laboral en pleno empleo con un gran dinamismo y con un papel del Estado muy inferior al europeo. El peso de la tecnología es muy grande y atraen al talento de todo el mundo. Como contrapartida, tienen una mayor desigualdad de rentas, menor proteccionismo al empleado y un sistema sanitario con precios estratosféricos para el común de los mortales. En Europa, intentamos salvar como podemos el Estado del Bienestar, a fuerza de subida de impuestos al sector productivo porque no crecemos, y hay una sensación generalizada de que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. Si miramos las empresas que forman parte de los índices más grandes europeos, la empresa más joven es Inditex y las empresas tecnológicas brillan por su ausencia. En lo único que se parecen es en tener unos estados sumamente endeudados. Si me preguntaran si pudiera elegir de todos los lugares del mundo, respondería que Europa sin ningún género de duda, pero ¿puede mantener Europa su status actual dentro de diez años? ¿O lo único que hacemos es perder ventaja competitiva contra el resto del mundo día tras día, por no aceptar la visión de un mundo distópico? ¿Pueden imponerse los valores tradicionales de la constitución europea en un mundo cada vez más competitivo y materialista? ¡Ojalá fuera así! Pero no lo apostaría. Menos mal que nos queda la Ryder Cup…

Todos nuestros pensamientos “buenistas” se topan con la cruel realidad, y cuando nos damos cuenta de que algo cuesta, nuestro planteamiento de las cosas descubre nuestra verdadera naturaleza, que suele estar muy alejada del tópico de El Buen Salvaje de Rousseau. Esta semana hemos tenido dos ejemplos de estas “elecciones”. El primer ejemplo lo tenemos con la venta de bombas a Arabia Saudí, una semana después de que uno de los últimos reinos absolutistas y teocráticos del mundo bombardeara una vez más Yemen, pero esta vez haciéndolo por “error” contra un autobús de escolares. La primera reacción evidente es “no vendamos armas a este tipo de gobiernos” (opción gratuita), para a continuación chocarnos con “pero tenemos contratos con ellos para venderles fragatas que suponen 6.000 puestos de trabajo directos, y muchos más indirectos” (más el tren de Medina-La Meca y otros contratos). La elección se hace tremendamente complicada. ¿Preguntamos a Google para que, con un algoritmo, nos evite tomar la decisión a nosotros mismos?

El segundo ejemplo lo tenemos con el caso del recibo de la luz, ahora que marca máximo tras máximo, o con el caso de la eliminación de los vehículos diésel. Todo el mundo está a favor de políticas medioambientales que impidan el calentamiento del planeta, pero cuánto estamos dispuesto a pagar, es otra cosa. Los puestos de trabajo del sector del automóvil empiezan a ponerse como contrapeso en la balanza.

Pero volviendo a mi primer párrafo, la cuestión vuelve a retumbar. En un mundo globalizado, ¿hay alguien que pueda “aguantar” ir por libre?, por muy buenos argumentos que se puedan dar de peso. La pregunta abarca todos los campos; fiscalidad, medio ambiente, investigación genética, empleo… Igual que el garbanzo negro echa a perder el cocido, o la mala moneda expulsa a la buena, las soluciones “más baratas” expulsan a las bien intencionadas. La globalización nos trajo un primer tiempo de bonanza, permitiendo que pudiéramos consumir más productos y a menores precios. Luego nos encontramos que también podía hacer desaparecer nuestros puestos de trabajo porque los costes de los trabajadores, en el 95% del mundo, eran mucho más baratos. Y se vuelve a las políticas proteccionistas, que vuelven a subir los precios de los productos. Lo mismo pasa con la fiscalidad. Lo vimos a pequeña escala con el caso de las Sicavs en el País Vasco y Navarra. Si pones un impuesto regional no seguido por el resto de las Comunidades Autónomas, tu ingreso tributario pasa a ser… cero, porque desaparecen los objetos tributarios. Lo vemos a nivel europeo, cuando nada menos que el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker ofrecía tipos impositivos más bajos a las empresas por la puerta de atrás, para instalarse en su país. O cuando el tipo de tributación para las empresas en Irlanda está en el 12.5% y los tres primeros años ni siquiera hay que pagarlo. Cuando un gobierno hace el movimiento contrario, por muy bien intencionado que sea, se encontrará a la vuelta de la esquina con una situación peor de la que quiere evitar. Todo esto claramente lleva a un retroceso general de los derechos alcanzados a lo largo de todo el siglo XX en Europa sin ninguna duda. Pero ¿cómo se puede evitar? Estamos en el dilema del prisionero. La única forma de afrontar esta situación es la colaboración entre todos los países, pero es algo muy difícil de alcanzar porque los puntos de partida son diametralmente opuestos. Los europeos, porque queremos defender un estado de bienestar pantagruélico, diseñado en un tiempo distinto y que no tuvo en cuenta el crecimiento demográfico y el envejecimiento de la población que vendría a continuación. Y los países emergentes, porque quieren seguir explotando su ventaja comparativa de costes para disminuir la brecha con los países desarrollados, saltándose en muchos casos derechos laborales y cuidados medioambientales. Sólo miran el presente, y no hay mucha preocupación por el futuro. Y esa es otra de las paradojas a las que deberemos dar respuesta, la incompatibilidad entre crecimiento económico y supervivencia del planeta a medio plazo.

Me ha salido una carta bastante ceniza. Será por estar delante de las pantallas viendo la melancolía que producen los gráficos, o porque los únicos interesados en cambiar el mundo somos los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.

Buena semana,

Julio López Díaz, 11 de septiembre de 2018

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