Los primeros telares

Julio López, 9 de octubre de 2018

En 1583, William Lee era el sacerdote de Calverton (Inglaterra). Veía a su madre y hermanas sentadas al atardecer, tejiendo, moviendo dos agujas y un hilo, y se preguntó por qué no utilizar varias agujas. Ese pensamiento fue el comienzo de la mecanización de la producción textil. Lee se obsesionó con crear una máquina que liberara al pueblo del tejido manual interminable, y finalmente tuvo su máquina en 1589, viajando a Londres para tener una entrevista con la reina Isabel I y mostrarle los beneficios de su invento y pedirle una patente que impidiera que alguien pudiera copiarlo. La reacción de ésta fue devastadora. Se negó a otorgar una patente a Lee y le dijo “Apuntáis alto, maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, sería su ruina, al privarles de empleo y convertirlos en mendigos”. Temía que la mecanización de la producción de medias fuera un factor de desestabilización política. Dejaría al pueblo sin trabajo, crearía desempleo e inestabilidad política y supondría una amenaza para el poder real. La máquina prometía aumentos de productividad, pero también la destrucción creativa.

Esta historia la cuentan Daron Acemoglu y James Robinson en su imprescindible Por qué fracasan los países. Como decíamos la semana pasada de Mark Twain, la historia no se repite siempre igual, pero rima. Según los autores, el temor a la destrucción creativa es la razón principal por la que no hubo un aumento sostenido del nivel de vida durante la mayor parte de la historia de la humanidad, entre la revolución neolítica y la revolución industrial. La innovación tecnológica hace que las sociedades humanas sean prósperas, pero también supone la sustitución de lo viejo por lo nuevo, y la destrucción de los privilegios económicos y del poder político de algunas personas.

La destrucción creativa redistribuye no solamente la renta y la riqueza, sino también el poder político. La revolución industrial empezó y tuvo su mayor avance en Inglaterra debido a sus instituciones económicas especialmente inclusivas. Estas, a su vez, se apoyaban en la base fijada por las instituciones políticas inclusivas creadas por la Revolución gloriosa. Fue esta revolución la que reforzó y racionalizó los derechos de propiedad, mejoró los mercados financieros, socavó los monopolios aprobados por el Estado en comercio exterior y eliminó las barreras para la expansión de la industria.

Cada vez que hay un cambio tecnológico importante, siempre se produce un maremoto, y esto provoca luego desigualdades enormes. Los países que se adaptan rápidamente a los cambios tecnológicos progresan, y los demás se quedan atrás. Antes de la revolución industrial del siglo XVIII, India y China suponían el 50% del PIB mundial, y en los doscientos cincuenta años siguientes vivieron un estancamiento del nivel de vida brutal. Toda la industria textil se desplazó de Asia a Europa. Y provocó una hambruna en la India con más de veinte millones de muertos. Una máxima puede ser que el progreso beneficia a las siguientes generaciones, pero lo sufren las primeras.

En estos últimos años estamos asistiendo a un proceso con muchas similitudes. La tecnología es la que está provocando las desigualdades de riqueza a nivel mundial. Las participaciones en empresas tecnológicas marcan ahora mismo los límites. Los 140.000 millones que tiene en acciones de Amazon Jeff Bezos, es equivalente al 32% del total de exportaciones de China a Estados Unidos y siete veces más que los aranceles impuestos hasta ahora a esos productos chinos para entrar en Estados Unidos. Parece una broma, pero ahí están las cifras. Cuando se compara con el famoso Plan Marshall (12.000 millones de dólares) que sacó a Europa de la destrucción de la IIGM, no queda más que asombrarse y poner en perspectiva el sistema monetario que hemos creado en estos últimos ochenta años, con la impresión desmedida de dinero. Pero en fin, no vamos a volver a hablar de lo mismo otra vez.

Bueno, me estoy yendo por los cerros inexistentes de Úbeda. Todo esto viene por la coincidencia de lo que está pasando con el sector del taxi y las VTC, y la comparecencia del presidente del gobierno en el Summit de emprendedores de Madrid de la semana pasada. A nuestros políticos (de todos los signos) se les llena la boca cuando hablan de apoyar a los emprendedores, pero luego son incapaces de articular cualquier tipo de medida, no ya que apoye, sino que no ponga palos en las ruedas a todos aquellos que quieren emprender en este país. A mí lo de los taxis me recuerda mucho a la historia de los primeros puentes de Londres para el paso de vehículos y personas. Cuando empezaron a proliferar, hubo huelgas y disturbios provocados por los barqueros que desarrollaban su trabajo a lo largo del Támesis, y que, lógicamente, vieron peligrar su forma de sustento. Desde nuestro punto de vista de doscientos años, no habría ningún defensor de los barqueros.

El conflicto actual se dirime, no por un tema lógico, económico o de servicio a los consumidores. Lo que marca el conflicto es el número de votos que representa cada una de las partes. Mientras sean más votos de taxistas, el gobierno de turno no quiere que la cosa se le desmande y permitirá que los beneficiarios de un sector limitado a la competencia sigan aprovechándose de esa situación. Pero claro, eso luego chirría si vas a dar una charla a gente que está buscándose las habichuelas creando nuevas empresas. Cuando creces cerca del 3%, a cualquier tipo de cambio y progreso le das menos importancia, y vuelves a minusvalorar el futuro frente al presente inmediato. Si algo había de consenso con la crisis de 2008 en España, es que debían darse los pasos para cambiar el sistema productivo español. Los vientos de cola que hemos tenido estos años (bajada de los tipos de interés, precio de petróleo bajo, un euro más competitivo y guerras o desórdenes en nuestros competidores turísticos) nos han hecho olvidarnos de todos esos consensos y volver a crecer basándonos en lo mismo, ladrillo y sol, sin haber sembrado ningún otro producto. Ahora que estos factores empiezan a girar, veremos si estamos preparados o en pelotas. Pero desde luego, los incentivos a la creación de nuevas empresas brillan por su ausencia. Nadie habla de creación de riqueza sino de poner un impuesto a todo lo que se mueva, y hablamos de renta universal y otras cosas, pero nadie da una caña para que cada cual pueda pescar. Volviendo al libro en otro párrafo, “Cuando un pueblo o estado no adopta una tecnología superior, es porque carece de incentivos para hacerlo. En muchos casos se enfrentan a un alto riesgo de que su producción sea expropiada y gravada con impuestos. El obstáculo principal para la adopción de políticas que reduzcan los fallos del mercado y fomenten el crecimiento económico no es la ignorancia de los políticos, sino los incentivos y los límites a que se enfrentan desde las instituciones políticas y económicas de su sociedad”. Hemos visto como las sociedades proteccionistas fracasan una tras otra, cuando intentan “conservar” votos por encima de mirar al futuro. El último caso, Argentina (limitaciones a las importaciones y por tanto a la competencia, gran parte de la población subsidiada, empresas cuasi-monopolistas, etc…) Es lo mismo que les paso a India y a China en el siglo XVIII.

El desarrollo económico que pueden inducir las instituciones crea ganadores y perdedores. Eso fue evidente durante la revolución industrial en Inglaterra, que sentó las bases de la prosperidad que vemos actualmente en los países ricos del mundo. El crecimiento económico y el cambio tecnológico están acompañados por la destrucción creativa. Sustituyen lo viejo por lo nuevo. Los sectores nuevos atraen recursos que antes se destinaban a los viejos. Las empresas nuevas quitan negocio a las antiguas. Las nuevas tecnologías hacen que las habilidades y las máquinas queden obsoletas. El proceso de crecimiento económico y las instituciones inclusivas en las que se basan crean perdedores y ganadores en el escenario político y en el mercado económico. Es un proceso natural.

Yo en esto sigo el ejemplo de mi mujer, que es tan positiva que nunca mira hacia atrás, ni siquiera al aparcar.

Buena semana.

Julio López

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