La muerte de Stalin

Julio López, 5 de diciembre de 2018

La noche del 28 de febrero de 1953, algunos de los hombres más importantes de Rusia estaban con Stalin bebiendo y viendo películas. Estos hombres eran Beria, Malenkov, Jrushchov y Bulganin, dos de los cuales dirigieron el país en los años siguientes. Stalin se emborrachó y, bien entrada la madrugada del día 1 de marzo, el resto lo dejaron solo en sus aposentos. En algún momento entre la madrugada del 1 de marzo y la noche del día siguiente, Stalin sufrió un derrame cerebral. En el peor de los casos, pudo llegar a estar casi 24 horas tirado en el suelo de su habitación. Los guardias, sus propios guardias, le tenían tanto miedo que no se atrevieron a molestarlo, a pesar de no dar señales de vida en todo el día. Cuando finalmente alguien del servicio, al parecer por un paquete recién llegado que debía entregarle, entró en la habitación, se encontró con el líder ruso tirado el suelo. ¿Qué piensan ustedes que hizo al ver al jefe en tan pésimo estado? ¿Llamar al médico? No, el poder era lo primero Rusia. Se avisó por tanto a los hombres que ostentaban el poder junto a Stalin, y el médico tardó en llegar. Hay quien dice que esos hombres, algunos de los cuales se habían emborrachado la noche anterior con él, no tenían prisa alguna por avisar a un médico. Agonizó durante tres días y medio, durante los cuales se turnaban para hacer guardia junto a su cuerpo sus compañeros en el politburó.

Probablemente se mezclaban en todos ellos dos pensamientos, dos formas de sentir. Por una parte, sentían el alivio de verse libres de la presión que, sobre sus propias vidas, sobre su seguridad, significaba Stalin. Por otra parte, sabían que su muerte significaba un cambio tan brutal en Rusia que la incertidumbre era enorme. Lo que no desapareció hasta el último momento fue el temor a Stalin, tal y como escribió Jrushchov.

Veía el domingo la película “La muerte de Stalin” a la vez que seguía con el Ipad las noticias sobre las elecciones andaluzas y no pude evitar dibujar una ácida comparación, al ver cómo algunos miembros del partido de la presidenta en funciones de la Junta realizaban sus primeras declaraciones. El mundo de la política.

El resultado andaluz no es más que una nueva muesca en el revólver de los cabreados, aunque esta víctima ha tardado en ganarse unos cuantos años.

Miremos donde miremos, la sensación general es de cansancio y enfado con los gobernantes. Los ciudadanos se sienten desprotegidos o abandonados por sus dirigentes, y les acusan de no ver la realidad de los problemas corrientes. El paso de las personas por la ideología pasa a ser líquido, y lo único que buscan es alguien que les prometa que va a lidiar con sus problemas, y les da igual en qué punto del espectro político se encuentren. Ayer me llegó por whatsapp y esta mañana he escuchado en la radio, el caso de un pueblo de la sierra de Málaga, Sedella, que se ha puesto en el mapa tras la carta abierta de uno de sus conciudadanos a Pablo Iglesias, explicando el trasvase de votos de un pueblo con mayoría más que absoluta de Izquierda Unida, en las últimas elecciones municipales (70% de los votos y seis de siete concejales) hacia los partidos de la derecha. Me he puesto a ver las estadísticas de las últimas elecciones, y realmente es cuestionable el titular de los periódicos, más empeñados en lanzar un titular que en desentrañar los datos, pero me quedo con las palabras del alcalde. Primero los datos: efectivamente, el PP había obtenido tan solo dos votos (ninguno Ciudadanos o Vox que no concurrieron), pero el extinto Partido Andalucista tuvo 92. La suma de Ciudadanos+PP+Vox ha obtenido 104 votos, con lo cual la realidad es que el trasvase de votos no ha sido tan radical, aunque se equipare a la suma de PSOE+Podemos. La verdad es que mucho votante en las anteriores municipales se ha quedado en su casa de cara a las autonómicas, bien por cansancio o bien porque lo que pueda hacer o no la Junta, lo ven como algo lejano que altera poco sus vidas. Lo resaltable de la entrevista era el casi “beneplácito” y casi alegría expresada por el alcalde de Izquierda Unida ante el cambio de signo del gobierno, la queja por el abandono de la Junta durante todos estos años (expresada en forma de ausencia de subvenciones), y la defensa que hacía de la Diputación de Málaga, aunque ésta estuviera gobernada por el PP, como única fuente de ayuda al pueblo. Las palabras de alguien seguramente más preocupado por el bienestar de sus vecinos que por los pactos y la “alta política”. También expresa su mayor disgusto con la Junta de Andalucía por el establecimiento de un canon a pagar los municipios por la gestión del agua, cuando antes el agua la recogían gratis en un manantial del pueblo y además no se había realizado ninguna infraestructura que justifique el pago… La evolución del padrón de la ciudad refleja el mismo patrón que la mayoría de los pueblos de nuestro país. En 2017 eran 634 habitantes; en 2011 eran 733 y a principios del siglo XX 1.600. No llega a los pueblos retratados por Sergio del Molino en su La España Vacía, porque un tercio de la población son jubilados europeos, la mayor parte ingleses. La lucha por la supervivencia de cualquier pueblo pequeño en un mundo global. ¿Cuál es su futuro? ¿Qué pueden, deben hacer las instituciones públicas por ellos? ¿Se puede asumir tener una red capilar lo suficientemente extendida para evitar su defenestración cargada al erario público?

En un plano no muy alejado, estamos viendo la protesta de los chalecos amarillos en Francia. Y tienen un punto de unión con lo que puede pasar en cualquier pueblo de España, como Sedella. Aunque empezó como una rebelión frente a la subida de las tasas al gasoil, las extremidades son mucho más largas y amplias. Y todas ellas acaban en una misma conclusión: no existen las opciones gratuitas. Todo el mundo está de acuerdo en que tenemos que hacer algo por el medioambiente, pero cuando nos dicen que tenemos que pagar una ecotasa directamente de nuestro bolsillo, parece que nos preocupa un poco menos, o lo pasamos a un segundo escalón de necesidades. Queremos pagar menos impuestos y a la vez recibir cada día más pensiones, educación y mejor sanidad. Cuando alguien protesta y consigue algo, obviamos que ese mayor gasto saldrá de una partida asignada anteriormente en otro sitio, que no viene caída del cielo. Si recibe más una región es porque otra recibe menos, y eso nos lleva a nuevas protestas y un sentimiento cada vez más villano y cerril de desconfianza frente al vecino. Y, además, con la constatación peligrosa de que la violencia parece ser el mejor método para conseguir algo de unos gobiernos, siempre bajo el zapato del miedo a “la opinión pública”. Pero también es un enfrentamiento entre el campo y las megalópolis. Algún amigo urbanista me ha comentado ya, más de una vez, que el futuro se está encaminando hacia la concentración cada vez mayor en las grandes urbes y que éstas, para poder dar un servicio mínimo y eficiente, requerirán una masa crítica importante de varios millones de personas. Esto choca con unos territorios cada vez más despoblados, con difícil capacidad de atracción a nuevas empresas y nuevos habitantes, con un envejecimiento creciente y que verán dispararse el coste de sus servicios, o bien se verán subvencionados por el resto del país. Así ha empezado la revolución de los chalecos. Los que viven en el centro de las ciudades pueden usar bicicletas eléctricas para moverse o un transporte público razonable, pero la gente de los pueblos para ir al hospital o a la “capital” usan el coche para todo y ven cómo el coste del incremento de los combustibles lo sufren en vena. Según estoy terminando la epístola estoy viendo que Macron suspende seis meses la aplicación de la subida del impuesto, a la vez que rompe a la baja los niveles de popularidad históricamente bajos de su antecesor Hollande. “Ningún impuesto merece poner en peligro la seguridad de la nación” explica el primer ministro Edouard Philippe. El cambio climático puede esperar. Seguiremos informando…

Buena semana,

 

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