Juan Hohberg

Julio López, 20 de mayo de 2019

Durante la semifinal del Mundial de Suiza 1954, disputada en Lausanne, se produjo un caso extraordinario: un futbolista de Uruguay sufrió un paro cardíaco y, tras recibir una dosis de coramina, medicamento que estimula las funciones vasomotoras y respiratorias, siguió jugando. El protagonista de la notable situación fue el delantero Juan Hohberg quien, curiosamente, había nacido en Argentina y comenzado su carrera como arquero. Hohberg, quien ese día debutaba en la escuadra oriental, consiguió los dos goles que le permitieron a Uruguay igualar el encuentro a los 75 y 86 minutos. Según cuenta el periodista Alfredo Etchandy, en su libro El Mundo y los Mundiales, cuando el atacante marcó la igualdad: “sus compañeros le cayeron arriba en el festejo y por la emoción sufrió un paro cardíaco. Fue reanimado por el kinesiólogo Carlos Abate, quien le suministró coramina por la boca. Cuando empezó el alargue seguía afuera, pero poco después retornó a la cancha y jugó hasta la finalización de la prórroga”. En esa época todavía no estaban autorizados los cambios, y la escuadra celeste no podía darse el lujo de resignar nada, porque además del pase a la final, defendía una impresionante racha invicta de 21 partidos en Mundiales y Juegos Olímpicos. Empero en el alargue, Hungría marcó dos veces más para redondear un marcador de 4 a 2 que coronó, más que nunca, un “partido de infarto”.

También en las conversaciones comerciales parece que estamos ya en el tiempo de la prórroga y no vemos quién pueda ganar, pero a diferencia de aquel partido, no parece que en el mercado vaya a haber ningún ataque cardiaco por el momento, a pesar de la situación. Una de las cosas más llamativas del tema de la guerra comercial entre USA y el resto del mundo es que, después de haber hecho gala de una de las mayores bajadas de impuestos de las últimas décadas, Trump esté realmente aplicando una subida de tipos encubierta, vía introducción de aranceles. Las tarifas adoptadas a las importaciones chinas suponen alrededor de 72.000 millones de dólares de ingresos para la administración americana. De esos 72.000 millones, los chinos pagan una cifra alrededor de los cero dólares, recayendo en el consumidor americano una cifra alrededor de los setenta y dos mil millones de dólares. Cuando digo consumidor, me refiero a la suma de personas físicas y empresas. Lo que queda pendiente de dilucidar es cuánto pagan los consumidores finales (si las empresas repercuten el incremento de costes) o cuánto afectan a los márgenes de las empresas (si no pueden repercutirlo). Claro, que el hombre a un peluquín pegado siempre proclamará que la forma de evitar ese pago es comprar productos íntegramente americanos… Sin ser muy exhaustivo en mi criterio, he podido leer algún que otro informe que calcula que cada nuevo empleo creado en la industria del acero americana supone un coste de 900.000 dólares en precios finales pagados por los consumidores.

La verdad, es que no sé cómo acabará el tema y hasta donde estirarán el chicle, cada uno de los contendientes. De momento, durante el mes de marzo, China vendió alrededor de 20.000 millones de dólares de deuda americana, y ha llevado sus tenencias de deuda americana al mínimo nivel de los últimos dos años. También hay que decir que todavía conserva una cifra cercana al total de la deuda pública española en su poder. No queremos caer en el catastrofismo, pero la experiencia que tenemos de las dos guerras mundiales es bastante desalentadora. Ambas empezaron como guerras comerciales. Lo acontecido este fin de semana entre Google y Huawei muestra que el acuerdo parece bastante lejano. Si redujéramos realmente el desacuerdo a meras cifras económicas, la preocupación sería muy relativa. Su repercusión en términos de PIB es escasa. Sin embargo, el enfrentamiento por el dominio mundial presenta muchas más incógnitas y sus consecuencias son mucho más imprevisibles.

Aldous Huxley decía que el crecimiento económico se basaba en tres variables: la deuda infinita, la obsolescencia programada y el gasto armamentístico. Para corroborar su frase vemos que el gasto militar mundial está en máximos de 31 años, acercándose a los 1.66 billones de euros. Es casi un 2.2% del PIB mundial. La mitad corresponde a USA y China, aunque el país más significativo es Turquía, que ha subido su gasto militar un 24% a pesar de sus problemas económicos. Parece que por este lado vamos a tener un importante apoyo al crecimiento económico…

Cambiando de tercio, un dato que ha sido muy bien recibido, pero que a mí me parece sumamente alarmante y signo de los tiempos monetarios que estamos viviendo. El fondo soberano noruego ha comentado que, durante el mes de abril, ha obtenido una ganancia de 16.000 euros por noruego. El peso brutal que están adquiriendo los activos financieros respecto a la economía real no deja de crecer. Es más importante lo que haga la bolsa, que lo que produzca el conjunto de sus ciudadanos. Para alguien educado en la escuela castellana de filosofía y ética, o en la ética luterana, es un dato que no deja de sorprender. Al final puede que se haya descubierto la piedra filosofal y estemos llegando al parnaso del trabajador (por lo menos y de momento, para los países que tengan petróleo).

Multas a los bancos. El pasado jueves la Comisión Europea anunció una sanción de mil millones de euros a cinco bancos (repetitivos en estas prácticas, por cierto) Barclays, Royal Bank of Scotland, Citigroup, JP Morgan y Mitsubishi, que habían intervenido en operaciones para manipular el precio de las divisas. Se cruzaban información a través de grupos de chat y básicamente se ponían todos del mismo lado aprovechándose de órdenes de clientes. La Comisión se pone bastante “digna” por mandar un mensaje claro a los mercados financieros. Hasta ahí nada que objetar, pero me surgen luego ciertas consideraciones: la primera: ¿hasta cuándo van a tener licencia bancaria muchas de estas entidades que saltan a la primera página de los periódicos cada cierto tiempo?; segunda: ¿el dinero de la multa a quién va? Porque los verdaderamente perjudicados (el resto de los operadores, empresas e inversores) sufrieron la alteración en el precio de los activos que compraban y vendían, pero ahora no van a ver ni un solo duro que aminore sus pérdidas. Lo mismo ha pasado cuando la manipulación se ha concretado en, por ejemplo, el tipo del Euribor, que fija el pago de hipotecas. Los hipotecados a verlas venir.

También hemos tenido la colocación de UBER en bolsa. Se colocó al final a 45 dólares, aunque en la última fase anterior de financiación, parece ser que algunos inversores llegaron a pagar 49 dólares. El valor cerró la semana por debajo de los 42 dólares, después de haber tocado los 36 dólares. Recordemos que hace unas semanas su competidor Lyft también salió a bolsa. Se colocó a 72 dólares y ahora cotiza a 54, dejándose un 25% de su valor desde la salida. Si vemos otras salidas de unicornios en los últimos tiempos, caso de Spotify o Dropbox, vemos que las cotizaciones actuales se acercan a su valor de colocación pública. La única que había experimentado subidas importantes (Pinterest) cayó el viernes un 14% tras presentar por primera vez resultados tras su salida a bolsa. Tenemos todavía poca historia para elaborar una teoría (Facebook llegó a caer un 50% desde su salida a bolsa y luego multiplicó por siete), pero se puede empezar a darle forma. Todas estas empresas tienen varias cosas en común (el caso de Google en su momento o el de Facebook posteriormente es un poco distinto porque ya tenía resultados en positivo y un campo de actuación sin apenas competidores resaltables). Todas ellas están sin beneficios y todas ellas vienen de una fase muy larga de “calentamiento”. Esto lo que consigue es que los verdaderos ganadores sean todos aquellos inversores que participan en las primeras rondas de financiación, y que cuando las puede comprar el público en general, quede poca leche en las ubres a ordeñar. Las salidas a bolsa se han ido retrasando en tiempo, para “subir de boquilla” las valoraciones y magnificar los beneficios del capital riesgo o Ventures capital. Curiosamente, este proceso es común en empresas grandes, mientras que empresas más pequeñas (desde los 600 millones de capitalización hasta los 3.000 millones) sí que siguen dando alegrías, por salir en una fase anterior de crecimiento, que en muchos casos termina con su adquisición por empresas más grandes. Es una alerta para navegantes.

Me gustaría hablar un poco de aquellos que la tienen tomada con Amancio Ortega por sus donaciones de aparatos sanitarios a la Sanidad Pública, pero me quedo sin espacio. Sólo recordar aquella conversación que tuvo el primer ministro portugués tras la Revolución de los Claveles, con el presidente sueco Olaf Palme. El dignatario portugués se congratulaba por haber eliminado casi a todos los ricos en Portugal, a lo que el socialdemócrata sueco respondió: “¡qué curioso!, nosotros lo que queremos es eliminar a los pobres”.

Buena semana,

Julio López Díaz, 20 de mayo de 2019

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