Guerra afgana

Julio López, 19 de junio de 2019

En sólo tres años, una serie de desastrosas decisiones tanto políticas como militares, de los mandatarios ingleses en Afganistán provocaron el estallido de la conocida como "primera guerra afgana" y la vergonzosa y sangrienta retirada británica de Kabul en 1842.

El mantenimiento del régimen liderado por Shah Sujah dependía del poderío militar de los ejércitos británicos desplegados en Afganistán, que a su vez requería del apoyo de las diferentes tribus y caciques que custodiaban los pasos por los que las tropas británicas de India accedían a Afganistán. Los británicos tenían establecida una política de "subsidios", es decir, que compraban con generosas aportaciones económicas el apoyo de las tribus.

A finales de 1841 el general McNaghten escogió el peor momento para revisar a la baja esta política de subsidios: hizo coincidir su decisión con las cada vez más alarmantes noticias de una rebelión de las tribus liderada por el hijo del depuesto emir Dost Mohammed, Akbar Khan.

Ante las noticias de la rebelión, McNaghten y Elphinstone tomaron la decisión de pactar con Akbar la retirada de los británicos de Kabul con dirección a Jalalabad, donde se hallaba otro contingente británico al mando del general Sale.

Decidir la retirada de una fuerza militar es una cosa; llevarla a efecto cuando a esa fuerza militar le acompañan cientos de mujeres, niños, siervos nativos, animales y enseres, es otra muy diferente. Si, además, se efectúa en pleno invierno, la conclusión no puede ser otra que un desastre que todavía hoy se cuenta entre las peores experiencias militares de la Historia para los británicos.

La retirada se inició el día 6 de enero de 1842 y todas las previsiones respecto de la velocidad de desplazamiento del ejército se incumplieron, como consecuencia de la ingente cantidad de personas y animales ajenos a la fuerza militar que acompañaban a la misma. Se estima que partieron de Kabul 16.000 personas, 4.000 militares y 12.000 civiles. Como consecuencia de la dificultad de avance de una columna de estas características, ninguna de las previsiones de lugares de descanso y abastecimiento se cumplieron. Los británicos se detenían cada jornada donde y como podían. Diariamente morían cientos de personas (sobre todo los siervos nativos) como consecuencia del frío, del hambre y de las incursiones de las tribus hostiles, lideradas por Akbar Khan, que día a día se envalentonaban ante la falta de respuesta de los británicos. Al reemprender la marcha, los heridos del día anterior eran abandonados y quedaban a merced de las tribus afganas, que también se ensañaron con los suministros de alimentos de la expedición británica.

El desastre culminó el día 13 de enero en Gandamak, donde los restos de la expedición (2.500 personas, sólo 300 de ellas militares) fueron aniquilados por las fuerzas de Agbar Khan. Sólo un hombre, el asistente médico William Brydon consiguió llegar a Jalalabad. Aparte de algunos oficiales y mujeres de militares que fueron hechos prisioneros, el resto de los miembros de la expedición se dejaron la vida en la retirada de Kabul.

No sé si Draghi tendrá en mente esta historia, pero desde luego no parece que quiera emprender ninguna retirada. Como veníamos advirtiendo en nuestras tres últimas cartas, los convoyes de camiones de gasolina estaban a punto de salir de sus hangares. El aluvión de informes de muchos economistas, edulcorando las presuntas virtudes de las políticas de tipos de interés negativos, había estado preparando el camino. Dado el extraordinario éxito que han tenido las medidas durante las últimas dos décadas en Japón, era algo cantado. El crecimiento infinito de la economía nipona, es un ejemplo palmario para seguir esas políticas ¿verdad? Los resultados al final serán desastrosos, pero ya sabemos que el mercado sigue reaccionando de forma pauloviana, y sigue salivando cuando los Bancos Centrales tocan la campana.

El mundo está en una situación muy compleja. El presente no parece tan negro como muchas veces leemos. Estados Unidos está creciendo al 2.5%, con un desempleo en mínimos históricos en el 3.6% y sin presiones inflacionistas. Por otra parte, siempre tenemos la amenaza futura de fin de ciclo, en un contexto en el que las políticas monetarias tradicionales están agotadas y la mayoría de los estados tienen unos elevados endeudamientos públicos, que limitarían la lucha contra una posible recesión. Esta situación está llevando a los gestores monetarios a atravesar los límites conocidos y, como Quatermain modernos, empiezan a creer que los tipos de interés negativos pueden ser las minas del rey Salomón, que nos salven del caos. Se ha probado ya la expansión cuantitativa, la política de guía sobre los tipos de interés futuros (esa que, en seis meses, ha quedado para envolver el pescado), aumentar los objetivos de inflación. Pero el resultado a medio plazo de todas estas medidas ha sido bastante pobre (salvo que el objetivo real fuera aumentar el precio de los activos financieros). Tras comprar bonos de gobierno, se pasó a comprar también deuda privada (rompiendo su neutralidad el ECB, al adquirir deuda de empresas que tenían capacidad de acudir a los mercados, frente a otras más pequeñas y con más dificultades de tener presencia en los mercados). Los resultados decrecientes de cada medida son evidentes.

Para muchos economistas, los tipos nominales negativos empiezan a ser considerados como una herramienta potente (una vez más) ya que incentivarían el consumo y la inversión, y romperían la trampa de liquidez en la que nos encontramos inmersos (estamos en niveles máximos de depósitos, a pesar de su nula remuneración) al penalizar cada vez más a los que mantienen esa liquidez. Es un impuesto que no va en los programas electorales, y maravilloso para los gobernantes. Se penaliza al ahorrador, ese Amancio Ortega que todos llevamos dentro, ya saben. Lo que nadie dice es que termina también por conseguir lo contrario de lo que busca, y puede llegar a frenar el consumo también. El disponer de menos rentas futuras (las que provenían del ahorro), hace que la gente empiece a apretarse el cinturón en el momento actual, por un motivo de precaución. El paso definitivo sería la desaparición del dinero físico como fuente de acumulación de riqueza, disfrazado de alguna forma decorativa de lucha contra la economía sumergida. Todos estos pasos de forma muy “legal”. Decía Basquiat: “Cuando en una sociedad el saqueo se convierte en un modo de vida para ciertas personas, con el paso del tiempo, éstas crearán un sistema legal que lo autorice y un código moral que lo glorifique”.

Ya hay países con tipos de interés negativos (Suecia, Suiza, Dinamarca), pero el motivo para hacerlo es que no se aprecie su divisa, al conformarse como lugares refugio para el dinero internacional y acabe con una pérdida de competitividad de sus empresas. Los principales perjudicados en la zona euro serían los bancos, pero dentro de poco veremos algún informe de algún organismo público internacional destacando las bondades de estas políticas, porque lo compensarán con incremento de los volúmenes de préstamos y por una disminución de la morosidad (los clientes deudores empezarán a recibir dinero). El papel lo aguanta todo… Nos encontramos en un laberinto en el que chocamos permanentemente con paredes y no nos queda más remedio que seguir por el lado abierto sin saber qué tenemos detrás. Es el mismo caso de los entrenadores de fútbol. Cuando empiezan, firman contratos a largo plazo y dicen bonitas palabras sobre el futuro y crear una estructura con jóvenes promesas. La realidad es que los entrenadores duran menos en el cargo, les piden resultados a dos meses y terminan contratando a jugadores de 30 años para salvar los platos inmediatos, que es por lo que realmente se les juzga. Los tipos de interés bajos son buenos para la economía, hasta que la primera consecuencia es que suba el precio de la vivienda y elevamos las quejas y ponemos el grito en el cielo. Toda acción tiene su reacción. Y todo termina por cambiar el comportamiento del homo-economicus, cada vez menos centrado en construir un futuro y más en vivir o sobrevivir al presente. Por eso disminuye la demanda de crédito a pesar de la caída del tipo de interés. ¿Nadie se plantea que esa baja inflación que aterra a los Bancos Centrales no sea una misma consecuencia de precisamente tener los tipos de interés bajos?

En teoría, no hay diferencia entre práctica y teoría. En la práctica, sí la hay.

Buena semana,

Julio López

 

 

 

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