Armstrong

Julio López, 13 de noviembre de 2019

Cuando el astronauta del Apolo, Neil Armstrong, pisó por primera vez la luna, no solo dijo su famosa frase "Un pequeño paso para el hombre, un enorme salto para la humanidad", sino que después hizo varios comentarios, los usuales de comunicación entre él, los otros astronautas y el centro de control. Sin embargo, justo al volver a la cápsula dijo algo enigmático:

- Buena suerte, señor Gorsky.

Mucha gente de la NASA pensó que sería un comentario casual acerca de algún cosmonauta soviético rival. Sin embargo, tras comprobarlo, no se encontró ningún Gorsky en ningún programa espacial, ni ruso ni norteamericano. A lo largo de los años, mucha gente interrogó a Armstrong acerca del significado de su comentario "Buena suerte, señor Gorsky", pero Armstrong se limitaba a sonreír siempre, sin decir nada. Hace algunos años (el 5 de julio de 1995 en Tampa Bay, Florida) mientras respondía preguntas tras un discurso, un periodista sacó a relucir la famosa pregunta de 26 años de antigüedad. Esta vez, por fin, respondió.

Mr. Gorsky había muerto, por lo que Neil Armstrong sentía que podía dar solución a la pregunta. Cuando era un niño, estaba jugando al béisbol en el patio trasero con un amigo. Éste golpeo una bola con fuerza y la hizo aterrizar enfrente de la ventana del dormitorio de sus vecinos. Éstos eran el señor y la señora Gorsky. Cuando Neil se inclinaba a recoger la pelota, oyó a la señora Gorsky gritándole al señor Gorsky: - ¿Sexo oral? ¿Quieres sexo oral? ¡Tendrás sexo oral cuando el chico del vecino se pasee por la luna!

Esta anécdota me viene a la cabeza cada vez que los mercados bursátiles hacen movimientos que, apenas un par de meses antes, nos parecerían ciencia ficción.

Se hace cada vez más difícil escribir sobre los mercados sin caer en la melancolía. Es difícil encuadrar el género epistolar financiero, pero sin duda, en estas últimas semanas deberíamos leer a Barbara Cartland o Corín Tellado para recoger los ardorosos epítetos que se merece. Tampoco habría que desmerecer alguna novela pastoril para describir la Arcadia en que se han convertido los mercados bursátiles. La banda sonora, por supuesto, la sexta sinfonía de Beethoven a la que podemos añadir un toque castizo con una buena botella de Anís del Mono y su cuchara.

Los mercados han roto los máximos anteriores y, técnicamente, están en subida libre. El número de alcistas ha pasado desde un 20% a principios de octubre al 40% de hace una semana, y al tropecientos por ciento que debemos de estar ahora. Mucho gestor tirando la toalla y subiendo al carro. Si a esto le sumamos que tenemos máximo histórico en cortos de volatilidad, la complacencia del mercado está alcanzando cotas no vistas en los últimos dos años, en un momento en el que, por múltiplos, estamos en el mercado más caro de los últimos años. Lo más sencillo parece atiborrarse de opio y quedar adormilado, con una sonrisa tonta y baba cayendo lentamente, sin intentar buscar los tres pies al gato de lo que está pasando. Pero precisamente esta coyuntura es la que nos empieza a dar ciertos latigazos en el espinazo y estar ojo avizor. De momento, no hay ninguna señal de venta más allá de lo que indica el sentimiento contrario. Estos movimientos suelen acabar con una gran explosión alcista en los primeros minutos de negociación y vuelta aterradora en el mismo día, no suelen producirse con un gap a la baja de inicio. Vamos a fijarnos en los máximos anteriores que rompimos la semana pasada (la zona del 3020-3050 en el S&P 500). Lo revisitaremos a no mucho tardar y comprobaremos si es ahora soporte o produce una divergencia en el mercado que sí sería bastante peligrosa.

El movimiento es un reflejo de que el mercado no ha caído cuando tenía razones para ello, y cuando no ocurre lo evidente, se produce el movimiento salvaje de signo contrario. Muchos analistas hablan de resultados mejores de lo esperado y una aparente solución final para la guerra comercial. La realidad es que los resultados americanos están un 1% por debajo de donde estaban hace un año, y que cada tweet de Trump, aunque sea calcado del anterior, ha sido recibido ya una decena de veces como si fuera la primera vez que lo escribiera. Si recuerdan mi última epístola, ya auguraba que no tendríamos nada firmado en noviembre, pero al mercado le da igual. Si alguien hubiera apostado en enero que los resultados empresariales iban a bajar un 1%, en lugar de subir el 9% que esperaba el mercado, y hubiera hecho una apuesta consecuente con esa visión, hubiese perdido hasta las pestañas…

También hace dos meses nos escandalizábamos con los tipos de interés que estaban alcanzando los bonos en el mercado secundario, y los niveles de locura que se estaban alcanzando. Mucho gestor empezaba a considerar que era fácil comprar un bono a cualquier TIR negativa que luego vendría alguien a quitárnoslo de las manos. Las Tires han subido en el entorno del 0.50% en los bonos a 10 años en la mayoría de las zonas económicas desde agosto, a pesar de las bajadas de tipos de la FED. Aquí es donde está realmente el peligro, que el mercado empiece a caer en la cuenta de para qué quiere bonos en negativo y la avalancha sea imparable.

Las posibilidades inversoras están realmente difíciles para cualquier inversor. Activos caros y pendientes del apoyo sempiterno de la impresión de dinero. Si miramos a medio plazo y nuevos campos de inversión, la sensación no mejora mucho. Se habla mucho de las inversiones en energías limpias. Se manejan cifras de 300.000 millones de inversión necesaria, a los que habría que sumar un mercado de 2 billones (europeos) de dólares para la industria de la gestión de los residuos y de 7.5 billones para las infraestructuras relacionadas con la gestión del agua. Es un campo que parece sumamente atractivo, no dudo de que hay que atajar las consecuencias del cambio climático, pero también creo que hay mucho propagandista que intenta hacer negocio a costa de mucho ciudadano bien intencionado. Te venden las bondades del coche eléctrico en emisiones, pero se olvidan de cuantificar el coste ambiental de la fabricación y recarga de las baterías. La extracción de las denominadas tierras raras (cerio, lantano, escandio, itrio y otra decena de minerales) utilizadas en electrónica diaria es sumamente contaminante. En su procesamiento se emplean procesos químicos con ácido sulfúrico, ácido clorhídrico y amoniaco que esquilman todo alrededor. El procesamiento de una tonelada de tierras raras produce dos toneladas de residuos tóxicos entre sólidos, líquidos y gaseosos. Se necesitan 250 toneladas de tierra para obtener un kilo de lutecio ó 150 toneladas para uno de galio. Hasta he leído artículos en la prensa esta semana que destacaban que la cumbre del clima que se celebrará en Madrid en diciembre emitirá más de 59.000 toneladas de CO2 a la atmósfera, el equivalente a 383.000 vuelos Madrid-Palma; o media hora de ver Netflix en nuestro iPad genera el equivalente a 6 kilómetros de un automóvil. Estamos construyendo un sistema del que no vemos todas sus consecuencias.

En fin, como diría el futuro gran estadista en los libros de historia, Don Mariano Rajoy, “todo esto es un lío”.

Buena semana,

Julio López

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