Música irlandesa

Julio López, 15 de enero de 2020

Para todos los que hemos visitado algún pub irlandés, si hay algo que no puede faltar, (aparte de la cerveza) es la música folk propia de la menor de las islas británicas. Aunque parece que este es un elemento definitorio de la cultura irlandesa, en realidad, no se trata de una tradición de arraigo centenario en el país; de hecho, en los pubs de Dublín no se tocaba música hasta que un hombre consiguió que se revitalizara la vieja música celta: su nombre, Ronnie Drew. En una época, los años 60, en la que la música tradicional irlandesa estaba arrinconada, fue capaz no sólo de sacarla a la luz y darle prestigio, sino de conseguir algo todavía más increíble. Parece difícil de imaginar hoy, pero en la década de los 60 en ningún pub de Dublín había músicos tocando en directo. No es que estuviera prohibido, sino que simplemente no se hacía. Hasta que un día, en Navidades, un grupo de jóvenes músicos liderados por Ronnie Drew pidió permiso para tocar una canción, solo una, en el pub O'Donoghue's. Se les concedió y ese fue el principio de un gran movimiento que revitalizó el folk irlandés y convirtió al cantante del grupo, Ronnie Drew, en un icono en su país. Ahora no hay pub irlandés que se precie sin un grupo de violines, flautas y gaitas.

Aunque no se lo crean, hubo un tiempo en el que el S&P 500 no subía todos los días. Eran tiempos lejanos, que rememoramos entre neblinas, tiempos en los que se mezclaban historias reales y leyendas, pero que algún raro libro manuscrito refleja en sus páginas. Poderosos hechiceros lo guardan bajo siete llaves para que el pueblo no llegue a leerlo. Esos hechiceros no tienen ejércitos de orcos que protejan tan raro conocimiento, sino que se valen de la magia. Cuando algún héroe intenta llegar hasta él y quedarse corto en el mercado, simplemente el susurro de las palabras mágicas acomodación crediticia convierte a nuestro héroe en piedra.

El comienzo de 2020 está siendo muy parecido al que vimos en el año 2018, manteniéndose la tendencia alcista que vimos en el último trimestre del año pasado. Hay una clara tendencia basada en el momentum, comprándose los valores más grandes y que más suben. Es un movimiento ciertamente curioso. Las cinco mayores empresas por capitalización (Apple 1.4 trillones de dólares, Microsoft 1.2 trillones, Google 0.98 trillones, Amazon 0.934 trillones y Facebook 0.622 trillones de dólares) representan ya el 18% de la capitalización total del mercado americano. Es una situación que no tiene precedentes históricos. Está habiendo una subida de la correlación y una concentración de riesgos en pocos valores, para la que no tenemos datos anteriores. Y a medida que se dispara su valor, su parte del pastel de los ingresos del índice no para de bajar… Solo la subida de Apple y Microsoft representó el año pasado el 18% de la subida de un índice de 500 empresas. De hecho, la acción de Apple casi se dobló, con una subida de sus ingresos de apenas un 2%. Apple representa el 4% de la capitalización total del S&P 500. Si hacemos caso de las estadísticas, cada vez que ha llegado a esa ponderación, el valor ha perdido un 9% contra el índice en los siguientes seis meses. Aviso a navegantes, aunque pueda parecer que esta vez volverá a ser todo diferente. Parece más una historia de exuberancia que de crecimiento.

Esa concentración en los valores que pesan, no nos da una imagen fiel de lo que pasa en el mercado. El porcentaje en Estados Unidos de empresas que han tenido pérdidas en los últimos 12 meses se acerca al 40%. Son los niveles más altos en treinta años en un periodo no recesivo. A esto podemos acompañar otros datos que nos avisan de que no es oro todo lo que reluce. Si miramos datos como valor de empresa sobre ventas, nos encontramos en el percentil 99 de su serie histórica. De hecho, el beneficio por acción decreció en el último trimestre del año mientras que las valoraciones crecieron, por decimoquinta vez en los últimos veinte trimestres. ¿Para qué mirar las entrañas de las empresas?

En esta situación, volvemos a ver como las bolsas europeas vuelven a acercarse a sus mínimos históricos respecto a la bolsa americana. La clave sigue siendo el sector tecnológico, donde USA representa el 75% de la capitalización mundial. Mientras, otros sectores como el automovilístico siguen dando quebraderos de cabeza, y las ventas de vehículos en Estados Unidos están ya por debajo de las del año 2000.

¿Y en que se apoya todo este optimismo? Básicamente en dos cosas, aunque una es la realmente importante. Por un lado, que se hará una foto de la firma del tratado comercial entre China y Estados Unidos. Ya hemos comentado en cartas anteriores, el puro efecto cosmético de dicha firma, con una situación final claramente peor a la que teníamos a comienzos de 2018. Por otro lado, y esto es lo importante, los bancos centrales seguirán erre que erre con las políticas que favorezcan a los mercados, sin mirar otras consideraciones. Se sigue intentando dar una solución cíclica a lo que es un problema estructural, pero consiguen que siga llegando nuevo dinero al mercado y que se siga primando la inversión en activos financieros sobre los activos fijos. Luego nos quejaremos de que no suba la productividad.

También por la parte política, el mercado piensa que habrá menos nubarrones en el horizonte, o que estos serán poco duraderos, como hemos visto con la crisis iraní. Mi opinión sobre este tema es que las cosas han cambiado mucho en los últimos veinte años, quitándole mucho “peso” a las cargas explosivas que puedan darse en el Golfo Pérsico. Por un lado, vemos como el concepto de guerra ha dado un giro espectacular. El peligro de estos enfrentamientos era, para los países occidentales, el tener que enviar tropas a territorios lejanos y peligrosos, con una alta presencia de medios de comunicación, especialmente sensibles a cualquier baja de tropas. En la guerra moderna, es mucho más fácil mandar un pepinazo con máximas probabilidades de éxito, sin poner una vida (occidental) en juego, sin tener que repetir un Vietnam o un Afganistán. Por otro lado, la balanza del crudo ha pegado un giro copernicano. A principios de 2009, los americanos importaban diariamente 9.6 millones de barriles. En el último trimestre de 2019, ya exportaban 89.000 barriles diarios en términos netos (además lo que importan es el peor crudo, y el que exportan es el de más valor). El petróleo del Golfo Pérsico es ya apenas el 9% del total de sus importaciones. Esto puede convertirse en una nueva arma en poder del tío del tupé, para “apretar” a sus colegas occidentales que siguen necesitando ese crudo. Una subida del precio del petróleo ya es positiva para los americanos, y sigue siendo un hándicap para los europeos.

Un último tema. La globalización y la financialización han sido las dos herramientas utilizadas para sostener el crecimiento global y el crecimiento del precio de los activos. La globalización no ha dejado de ser una gigantesca operación de arbitraje (trabajos dirigidos a mercados emergentes con sueldos más bajos que los occidentales, costes de producción que afectan al medio ambiente y que se han localizado en países menos sensibles a las externalidades que provocan, o meros arbitrajes fiscales de multinacionales a lo largo del mundo para reducir su carga impositiva). Ha sido una enorme transferencia de riesgo del capital hacia los trabajadores y el sector público (ejemplos también en la llamada nueva economía colaborativa). Este movimiento está perdiendo fuerza, el arbitraje va perdiendo razón de ser a medida que el diferencial de sueldo se ha ido estrechando, y los Estados empiezan a intentar controlar las deficiencias fiscales (ya veremos si lo logran) y la preocupación por el medio ambiente va calando.

La financialización también puede estar viviendo sus últimos estertores, aunque nunca debemos menospreciar la capacidad del sector financiero para crear nuevos productos y colocarlos (solo tenemos que ver la industria de préstamos a estudiantes que, de no existir, ha pasado a representar 1.7 trillones de activos). El otro día leí una estadística curiosa. En 1984 un trabajador medio americano necesitaba 15 horas de trabajo para comprar una unidad del S&P 500. Ahora necesita 130 horas. Es una buena relación para ver los ganadores y perdedores de este proceso de globalización de los últimos treinta años.

En fin, dicho todo esto, no hay ninguna señal en el mercado americano que de momento haga dudar del movimiento alcista que estamos presenciando, por mucho que nos sorprenda. Desde luego, no parece que las altas valoraciones sean el catalizador para bajadas del mercado, y no sabemos vislumbrar el ingrediente que puede faltar para desencadenar algún tipo de venta en este increíble y complaciente hábitat que se ha construido. Llevamos tres meses en que cada mañana nos desayunamos con los mercados subiendo, por la buena marcha del acuerdo de comercio. Los próximos tres meses subirán por la buena marcha de las conversaciones con Irán.

Pero bueno, como decía Yori Berra, hasta Napoleón tuvo su Watergate.

Buena semana,

Julio López Díaz, 15 de enero de 2020

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