Brezhnev

Julio López Díaz, 17 de septiembre de 2020
Brezhnev

Se dice que cuando Leonidas Brézhnev accedió al cargo de Secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Khrushchev, su antecesor, le entregó dos cartas lacradas y le dijo que abriera la primera cuando se encontrara ante el primer problema delicado y la segunda ante el segundo hecho del que necesitara una ayuda.

Y así ocurrió, cuando Brezhnev se encontró ante el primer escollo recurrió a la primera carta, la abrió y leyó: 

"Écheme las culpas de todo".

Y así lo hizo, culpando a su antecesor Khrushchev de todos los males del estado. Sin embargo, al poco tiempo volvió a tener problemas y, ante la imposibilidad de solucionarlos, recurrió a la segunda carta, la abrió y leyó: 

"Siéntese, y empiece a redactar dos cartas iguales…"

Los mercados europeos llevan ya un trimestre en un viaje a ninguna parte y no parecen encontrar solución en el camino a tomar. Atrapados en un rango cada vez más estrecho, esperan algún tipo de desencadenante que les haga romper los máximos o retornar a posiciones con valoraciones más “normales” respecto a sus beneficios. Lo único que se mueve es la bolsa americana, en función de para donde sople el viento, pero convertida en un lugar super especulativo y con el fantasma de las elecciones presidenciales a la vuelta de menos de dos meses. El mercado ha comprado la recuperación y vuelta a la normalidad de la actividad económica, pero la segunda ola de contagios hace de freno a nuevos movimientos alcistas. A la vez, muchos inversores con grandes números rojos en sus carteras, no quieren vender y temen de forma mucho más terrible el perderse un movimiento alcista que salvarse de uno bajista. Muchos tienen en la esperanza la repetición del año 2016, cuando tras el referéndum del Brexit y la primera elección de Trump, hizo todo el movimiento de recuperación en apenas el mes de diciembre. Y mientras siga el apoyo de la manguera de los Bancos Centrales no parecen dispuestos a bajar riesgos. Hay que reflejar el éxito de los Bancos Centrales, no solo de mantener los precios de los activos de riesgo altos, sino de alterar considerablemente el comportamiento psicológico del inversor. Empieza a verse, por ejemplo, muchos fondos de pensiones enormes que, al ver los tipos de la renta fija a niveles ínfimos, están reaccionado apalancando sus inversiones, ignorando que el apalancamiento es una espada de doble filo, que funciona de forma muy agradable con mercados al alza, pero que se muestra algo molesta en mercados a la baja. Se han puesto de moda, por ejemplo, muchos fondos que replican tres o cuatro veces la rentabilidad de su subyacente. Hay uno que replica tres veces lo que haga la cotización de Tesla. Pues bien, simplemente en los últimos diez días, un comprador de este productito pudo perder toda su inversión (de un miércoles a un viernes) o doblar su inversión (de ese viernes al día de hoy). Para que sepamos donde se está jugando la gente los cuartos y el campo de juego en el que nos movemos. En un momento en el que el mercado está dando unas valoraciones a las acciones en máximos históricos (junto con el año 2000), compaginadas con una de las peores situaciones económicas del último siglo, con una distorsión y manipulación de los riesgos como no hemos visto. El mundo se debate entre una política monetaria que te dice que consumas todo lo que puedas, que para eso te he puesto los tipos de interés en negativo, con la sensación agria de una gran mayoría que ve su futuro gris oscuro y con un puesto laboral que puede volatilizarse en cuanto pestañeas.

El dinero dispensado en los últimos seis meses ha sido enorme, pero llevado a unos límites que empezarán a apretarnos la chaqueta dentro de muy poco. Veremos si los ERTEs se transforman en EREs, y si los déficits públicos pueden seguir escalando sin ningún pudor, o simplemente estamos haciendo el papel de náufragos desesperados bebiendo agua salada para satisfacer nuestra sed.

Para solucionar el problema del exceso de deuda, normalmente ha habido cuatro formas de dar cartas. La primera es la austeridad. Esto se puede aplicar en el ámbito familiar, pero es muy complicado de llevar a cabo por alguien que se somete a reelecciones electorales. La segunda, la que conocemos a través de la Biblia, es la cancelación de las deudas. Se resetean todas las posiciones y volvemos a jugar. Ya hemos visto que los Bancos Centrales no están dispuestos a que los tenedores de activos sufran la más mínima pérdida en sus carteras. La tercera, es una transferencia de riqueza de los que la tienen a los que no la tienen, pero la historia ha demostrado que eso solo se hace a través de revoluciones, que tampoco les suele venir bien a los que están en la cúspide del poder actual. Por lo que solo nos queda la cuarta opción, la impresión de dinero y cerrar los ojos, esperando que no desemboque en una espiral inflacionista. No creo que nos apeemos del burro, y aunque saben mi opinión sobre tanta intervención, también es cierto que es la menos traumática a corto plazo, y vivimos en una sociedad tan enfocada a ese tramo, que no veo a nadie que cambie las reglas de juego. Somos las ranas en la cazuela, que no notan que va subiendo la temperatura del agua y pronto nos quedaremos achicharrados, pero de momento parece que estamos en un jacuzzi, tan ricamente.

Mi opinión es que no parece que vayamos a tener presiones inflacionistas en general (otra cosa es determinados campos) debido al alto poder deflacionista de la tecnología. No es una conjetura. Está en la propia naturaleza de la tecnología, y como cada vez está más presente en todo lo que nos rodea, pues cambiar ese signo es altamente complicado. El problema es que nuestro sistema económico que nos ha llevado en volandas hasta comienzos del siglo XXI, no está construido para ver como los precios caen continuamente. Fue construido en una época, pre-tecnológica, donde había un nexo entre trabajo y capital, donde había crecimiento e inflación, una era donde el dinero se hacía gracias a la escasez y la ineficiencia. Esto se ha acabado, pero pretendemos creer que sigue vigente. Que habrá un retorno a la media.

El sueño americano exponía la idea de que no importaba quién eras o de dónde venías, si trabajabas lo suficientemente duro o eras lo suficientemente innovador, podías obtener todo lo que deseabas. Y eso se basaba en un pilar que cuesta ver ahora mismo. Que los sueldos iban a ser crecientes a lo largo de tu vida laboral, que irías ganando cada vez más dinero, que te permitiría afrontar de forma más holgada tus “gastos de instalación”. Si somos afortunados de haber comprado activos, los precios crecientes de esos activos creaban una riqueza a largo plazo, y si encima lo apalancabas, miel sobre hojuelas. Pero, ¿qué pasa cuando no podemos contar con un sistema basado en el crecimiento y la inflación nunca más…? ¿Qué pasa si hay una fuerza poderosa que hace que nuestros esfuerzos para crear inflación se estén manifestando irrelevantes, y que cuando damos al permanente bálsamo de Fierabrás que son las inyecciones monetarias, vemos que al cabo de la calle solo tenemos más desigualdad y más polarización de la sociedad? Deuda combinada con deflación es uno de los explosivos más letales del mundo. Si la deuda puede ser usada para financiar inversiones inteligentes a largo plazo, no hay problema. Cuando lo hace para sobrevivir y pagar el gasto corriente, o cuando buscando algún tipo rentabilidad hacemos malas inversiones, sí lo hay.

Como decía el poeta, “el amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”.

Buena semana,

Julio López Díaz, 17 de septiembre de 2020

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