Caucho

Julio López Díaz, 24 de septiembre de 2020
Caucho

Un aventurero inglés, Henry Wickham, había llevado a Inglaterra semillas de caucho de la selva brasileña en los años setenta del siglo XVIII. Desde allí se mandaron a varias colonias británicas y descubrieron que a los árboles les encantaban las condiciones húmedas de la zona tropical de Extremo Oriente; es más, crecían mejor que en las selvas originarias. En Brasil, el árbol del caucho tenía una densidad de tres o cuatro árboles por hectárea, de modo que los trabajadores tenían que cubrir extensiones significativas para obtener una cantidad adecuada de látex. En Singapur y Malasia, por el contrario, el caucho formaba unos núcleos exuberantes. En Asia no tenía enemigos naturales, así que no había insectos ni plagas de hongos que entorpecieran el crecimiento y los árboles se elevaban con majestuosidad hasta alturas de treinta metros. Brasil no podía competir con eso. Si antes tenía el monopolio casi absoluto del caucho de mejor calidad, en la década de 1920 producía menos del tres por ciento.

Sin comerlo ni beberlo, se pasa de una situación de monopolio a ser ninguneado y desaparecer. Tal como veremos más adelante, eso está pasando con muchas acciones. Comentábamos la semana pasada que llevábamos una fase lateral que tendría que resolverse en algún momento, y ahora mismo nos estamos acercando peligrosamente al lado inferior. En los índices europeos más cercanos (Eurostoxx, Francia o España) ni siquiera logramos superar la media de 200 días al alza, y nos encontramos claramente por debajo. No es el caso de otros índices, como el alemán o el holandés, que sí lo hicieron, y ahora pueden funcionar como soporte para la caída. En términos diarios, todos los indicadores que manejamos están ahora mismo bajistas y postergaríamos las compras hasta que veamos algún tipo de sentimiento de capitulación. El soporte para el Eurostoxx 50 lo tenemos en el 3012, por lo que le puede quedar todavía un cuatro por ciento más de caída. Son porcentajes similares para el mercado americano en el caso del S&P 500, donde la línea de 200 sesiones pasa por el 3105. Sin embargo, en el Nasdaq la distancia a esa misma media es bastante más amplia y está en el 9555 (un doce por ciento desde aquí).Todavía quedan cinco semanas para las elecciones americanas y podemos ver bastantes movimientos.

El caso de la bolsa española es especialmente traumático, con muchos valores visitando en estos momentos los mínimos anuales que vimos en marzo. Si la miramos en perspectiva, es como si estuviéramos leyendo el Origen de las Especies de Darwin, y muchas empresas parecen llegar a su fin biológico. Ya no tenemos ni a Telefónica ni a BBVA entre las ocho empresas españolas de mayor capitalización, e incluso Santander ha salido del pódium, sustituida por Cellnex. Telefónica apenas vale 16.000 millones de euros, menos ya que el valor que tenía cuando se privatizó definitivamente. Lejos ya los 104.000 millones con los que finalizó el año 2007. Su salida del Eurostoxx 50, junto con la de BBVA, refleja el papel marginal que representa ahora mismo la bolsa española. Una bolsa cuya empresa más valiosa (Iberdrola) es una eléctrica, con el 18% del índice, refleja perfectamente el posicionamiento de la economía española. Las acciones españolas ya solo representan el 6% del Eurostoxx 50, frente a un 37% de Francia o un 30% de Alemania, y muy alejada del 15% de las empresas holandesas. Otra lectura que podemos hacer de la última revisión de valores del Eurostoxx 50 es el cambio brutal de los pesos sectoriales. Queda ya solo una empresa de telecomunicaciones, el sector petrolero representa un 3.4% y ya solo hay tres bancos, que representan el 3.2% del índice. El total de bancos alemanes valen menos de 20.000 millones de euros. Lejos de la cantinela de que siempre se ayuda a los bancos, las cifras no pueden ser más crueles. Hemos pasado de tener miedo al riesgo sistémico porque los bancos sean muy grandes, a bendecir las fusiones que van a dejar cuatro o cinco bancos por país como forma de que puedan sobrevivir. Uno de los efectos perversos de las políticas de tipo de interés en negativo. El otro es que, a pesar de los tipos de interés negativos, no dejan de aumentar los saldos en depósitos de los clientes de los bancos. Al final, se crea más incertidumbre y más ganas de quedarme como estoy que de consumir. Se logra lo contrario de lo buscado. Los tipos negativos ya no son una oportunidad de inversión, sino que empiezan a ser un reflejo de la realidad futura. “Si están ahí es por algo…”. El tipo de interés natural (consistente con una inflación estable y una plena utilización de los recursos) se ha reducido de forma notable, como consecuencia del envejecimiento de la población y una bajada considerable del crecimiento potencial.

El otro tema que sigue distorsionando todas las valoraciones que podamos hacer de la marcha de los mercados sigue siendo el COVID. Estamos en una nueva fase de preocupación después de haber dado hace tres meses por sentado que el virus se estaba debilitando y que la vacuna la venderían en el Lidl en septiembre. Alguien que vive día a día los mercados, con sus incongruencias y vaivenes, los cambios de dirección aleatorios, tiene la sensación de que se debería seguir un camino y damos un volantazo en el momento más inesperado y no puede dejar de sentir cierta “comprensión” por los políticos que están a cargo de la defensa ante la pandemia, independientemente del signo político que tengan. Nadie sabe qué diablos está ocurriendo realmente, y es sumamente complejo tener una visión elevada de todas las realidades que estamos viviendo. Pensar sólo en términos sanitarios puede traer consecuencias económicas muy dolorosas, y viceversa. Lo único que sí echo en falta es un poco más de que las decisiones que tomen, sí tengan algún tipo de consecuencia para ellos. No es de recibo dictar normas que afecten directamente a puestos de trabajo de miles de personas, sin que tenga coste alguno (en términos monetarios, no políticos) para el funcionario público que las toma. La diferencia entre sector público y privado no deja de agrandarse, no sólo en seguridad, sino en remuneración y expectativas de supervivencia.  Pero estas diferencias son todavía más grandes dentro del propio sector público, que sigue tratando de forma indiferenciada a los eficientes y a los que no lo son.

“Así va hilándose el acontecer histórico muchas más veces de lo que creemos. Es reconfortante creer que un grupo de personas poderosas se reúne en secreto en torno a una mesa y dispone las opciones, valora los datos y decide un curso de acción, que se desarrolla según sus designios. ¡Ojalá la historia fuese, en efecto, producto de una conspiración siniestra! En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, no podemos saber por qué se dan los acontecimientos de consecuencias más perentorias. Las personas que están al cargo toman decisiones basadas en la situación política del momento, o inspirándose en una ideología que guarda escasa relación con la realidad humana, o dejándose guiar por una ignorancia supina exacerbada por el pensamiento positivo, o por cualquier otra cosa que se aparte de las pruebas y datos más palmarios. Puede ocurrir esto, o que no tomen ninguna decisión en absoluto; en este caso los acontecimientos echan a galopar y los responsables políticos tratan a duras penas de mantener el ritmo con ellos, trastabillando. A continuación, se disponen a vivir el resto de sus vidas fingiendo que sabían lo que estaban haciendo en todo momento y justificando algo que jamás tuvo sentido.” Este párrafo podía estar hablando del COVID 19, pero realmente lo utiliza Richard Holbrooke para referirse a la Guerra de Vietnam.

Como dijo Nixon en su biografía: “No mentí, dije cosas que luego ha resultado que no eran ciertas”. Como el camión de Nikola en el anuncio cuesta abajo, “Nunca dijimos que se moviera por el motor eléctrico”.

Buena semana,

Julio López Díaz, 24 de septiembre de 2020

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