El Gobierno

Julio López, 23 de octubre de 2020

“Respecto al problema político, nosotros queremos una política exterior no sumisa, reforma de la ley electoral, abolición del Senado.

Respecto al problema social, nosotros queremos la jornada laboral de 8 horas, salarios mínimos, representación sindical en los Consejos de Administración, gestión obrera de las industrias, seguros de invalidez y pensiones, distribución de tierras no cultivadas entre campesinos, una reforma eficiente de la burocracia, una escuela laica financiada por el Estado.

Respecto al problema financiero, nosotros queremos impuestos extraordinarios sobre el capital de carácter progresivo, expropiación parcial de todas las riquezas, incautación del ochenta y cinco por ciento de las ganancias de la guerra, incautación de todos los bienes de las congregaciones religiosas”

Supongo que, leyendo este programa económico, a la mayoría le vendrá pronto a la cabeza la imagen de alguien con moño, pero estarían errados. La imagen verdadera, es la de una persona no muy alta, calva y con cierto aire de bulldog. Estas palabras las pronunció Benito Mussolini en junio de 1919.

Lo sorprendente es lo poco que ha cambiado el terreno de juego un siglo más tarde, y lo mucho que se parecen los extremos. Lo más enternecedor, ese deseo romántico y juvenil de reforma eficiente de la burocracia y el eterno toque gamberro de incautar los bienes de la iglesia, qué sería de las bancas privadas de este país y de Latinoamérica sin esos capitales a gestionar…

Una de las consecuencias que estamos viendo alrededor del mundo con la pandemia, es el papel inmenso, en menor o mayor grado, que han tomado los Estados, en muchos lugares bordeando los límites de la ley vigente, y si estos “territorios ocupados” tienen marcha atrás cuando pase la pandemia o permanecerán inalterados. Uno de los temas más delicados, será cual debe ser el papel económico que tenga el sector público. Los Estados se han liado la manta a la cabeza y han dado un fuerte soporte económico, tanto a través de las políticas monetarias como a través de políticas fiscales. Ante este titular parece que hay pocas cosas que objetar. Es meridianamente claro que cuando vienen las cosas muy mal dadas, en muchos casos el sector privado se contrae, y el sector público ha tomado su lugar para que los indicadores económicos no visiten los infiernos. Pero las consecuencias posteriores de tales intervenciones no están tan claras, y cuáles son los efectos a largo plazo tampoco. En los mercados financieros, por ejemplo, las intervenciones monetarias han provocado una subida del precio de los activos, que lejos de venir bien al común de los mortales, ha exacerbado las desigualdades de riqueza entre los ciudadanos, beneficiándose un número muy pequeño y privilegiado de ciudadanos. Aparte de incurrir en un claro riesgo moral, en el que los inversores actúan sabiendo que siempre vendrán a salvarlos de sus dudosas decisiones de inversión. Debemos añadir también un claro conflicto generacional, cuando la mayoría de estas intervenciones están financiadas por una deuda que pagarán las generaciones futuras en lugar de las presentes, que son las que se han aprovechado de la subida de activos. La supuesta mejora de los costes de financiación para las familias vuelve a generar dudas, cuando el importe de compra de la vivienda, por ejemplo, ha crecido muy por encima de los salarios, lo que termina por agrandar el esfuerzo económico. No he visto todavía ningún informe que relacione los bajos salarios con los tipos de interés bajos, pero sería muy curioso de estudiar y ver si hay alguna relación.

Pero bueno, como decimos, la respuesta económica de los Gobiernos ha supuesto un precedente único, y estos mismos Gobiernos se han visto obligados moralmente a soportar negocios y ciudadanos, ya que son sus medidas las que han provocado los cierres que han causado el daño económico. Y como ya comentamos la semana pasada, para ello han superado los límites que teníamos preconcebidos a las políticas de tipos de interés y de deuda que podía asumir un país. Muchos de los remedios utilizados, como por ejemplo los ERTE o los préstamos ICO, tienen una vida corta, y estaban concebidos como una inyección temporal. La segunda oleada de la pandemia va a tener que lidiar con muchos inconvenientes. Los préstamos terminan su carencia, el pago de impuestos que se pospuso hay que abonarlo ahora, y todo lo relacionado con turismo y hostelería va a afrontar un duro invierno. A falta de ver los presupuestos, tenemos que ver si va a haber partidas que tengan que reducirse para afrontar los gastos de la pandemia.

Otro de los campos que parecía primordial al principio de la pandemia, y ahora parece relegado, es el papel que jugará también el Estado en el abastecimiento de productos que se revelaron como de primera necesidad. Se puso en solfa los problemas de la globalización y la estrategia de tonto el último para comprar medicamentos, y no sabemos si se encargará el Estado de fabricar todos estos productos, si promoverá deducciones fiscales para la instauración de campeones nacionales en estos temas, o si simplemente seguiremos dependiendo de China cuando pase la marea. Nos falta por ver realmente si comienza una desglobalización real y nos creemos el slogan del consumo de cercanía. La contrapartida negativa de este proceso puede ser una mayor inflación. De momento nos encontramos con que China ha pasado a ser nuestro principal abastecedor. El 12% de nuestras importaciones se las compramos ya a China, que ha sobrepasado a Alemania. Son casi 3 puntos por encima de lo que representaban antes del Covid.

Lo acontecido en China durante los últimos 20 años, es también un tema preocupante. La realidad: China lo ha hecho económicamente mejor que las democracias occidentales, incluso parece que una dictadura ha controlado mucho mejor toda lo post-pandemia. La atracción que estamos viendo en todo el mundo por líderes autoritarios fuertes empieza a aterrar. La tentación de renunciar a nuestros derechos a cambio de una seguridad económica otorgada por el Estado va a estar cada vez más presente. El incremento de la deuda de los países, que inusitadamente viene acompañada de una rebaja de los tipos de intereses cargados, incluso emitiendo a tipos de interés negativos, puede llevar a muchos países a estar equivocadamente confortables con esta situación. Seguramente los Bancos Centrales ya no puedan escapar de esta dinámica y compren bonos hasta el infinito, pero alguien debería tener un plan b, por si esto no sucede y quedas al albur de las decisiones de terceros.

Y mientras, los mercados están a la espera de la resolución de las elecciones americanas y con el soporte eterno de la zanahoria de los planes de estímulo. Nada sostiene más al mercado que algo que nunca llega a concretarse, ya sea un estímulo o los progresos de una vacuna. La esperanza es más poderosa que la realidad. El peligro para los mercados vendrá cuando ya se concreten esos planes de estímulo, y durará hasta que nos aferremos a un nuevo grial que todavía no sabemos en qué consiste. La realidad cambia, pero el ser humano no.

Buena semana,

Julio López Díaz, 28 de octubre de 2020

 

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