Quien vigila al vigilante

Julio López, 13 de noviembre de 2020

“Quien vigila al vigilante” Juvenal. El aforismo del poeta de Aquino está más vigente que nunca dos mil años más tarde. La palabra “verdad” se emplea con una facilidad pasmosa, y siempre como un ataque al contrario, no poseedor de tan alta virtud. Luego, vemos como esa verdad tiene muchas matizaciones, que hay gente que está por encima de eso y tiene plena libertad para acicalarla, maquillarla o simplemente disfrazarla con lo que llamamos medias verdades, que suelen ser mentiras enteras. En ese papel suelen encontrarse los políticos. Gracias a las hemerotecas, videotecas y demás tecas, tenemos documentos que demuestran claramente como varía esa verdad a lo largo del tiempo, pero nada, que no se les mueve ni una ceja cuando se les pilla en el renuncio. Ya pueden decir blanco el martes y negro el jueves, que la culpa es de algún intoxicador maledicente. Se nota que todos los políticos han estudiado a Platón, cuando defendía que ni siquiera convenía que los ciudadanos supieran la verdad sobre la política. Como le leía a la maravillosa Irene Vallejo el otro día, Platón decía que el Estado debía administrar las mentiras igual que el médico las medicinas, y que los gobernantes estaban autorizados a usar el engaño en buena cantidad para beneficio de los gobernados. Una especie de mentiras preventivas por el buen funcionamiento de las instituciones. Lo que esconde esta práctica es algo realmente peligroso; para los gobernantes, los ciudadanos solo son importantes los cinco minutos cada cuatro años que hacen cola en los colegios electorales, entre los churros de primera hora y el vermut con gambas de antes de comer. La ciudadanía, como masa informe, no deja de ser la media aritmética de alguien que hace tercero de la ESO y que, por tanto, no sabe bien lo que quiere ni cómo funcionan las cosas. ”Somos nosotros los políticos los que tenemos que liberar a los ciudadanos de la engorrosa y fastidiosa tarea de saber qué es lo que quieren” nos dicen. Tú, a discutir sobre el VAR en el último partido y tu pronóstico final sobre como acaba La isla de las tentaciones.

La verdad de los gobernantes llena la historia de experimentos espeluznantes y terroríficos. Desde el caso Galileo, al famoso juicio del mono de Tennessee contra el maestro de secundaria John Thomas Scopes, por desplegar en una clase una lámina que mostraba la evolución del hombre desde un pequeño simio que reptaba con sus cuatro extremidades hasta el hombre actual. En aquel entonces se consideraba ilegal en todo establecimiento público de Tennessee cualquier teoría que negara la historia de la Divina Creación del Hombre, tal como se encontraba explicada en la Biblia.

Y es que parece que nos hemos olvidado de la angustia que supone el miedo a una autoridad descontrolada, y la fabricación de enemigos exteriores a los que hay que combatir, centro de muchos argumentos, ya sea el contubernio judeo-masónico de nuestros abuelos, como las hordas rusas actuales.

Las democracias se habían dotado de mecanismos compensadores para limitar el excesivo poder de uno de sus poderes. Montesquieu propuso hace trescientos años una separación de poderes con instituciones de control mutuo (judicial, ejecutivo y legislativo) que aparentemente debería estar vigente, pero que realmente esconde un proceso sumamente peligroso de unificación en un solo poder. Lo hemos visto en la misma Europa, en Hungría y Polonia, y empezamos a vislumbrarlo ahora en España. La concatenación de leyes lleva a una deriva que, al menos a mí, me está asustando. Ya sea en una educación que elude los problemas de aprendizaje y esfuerzo del alumnado, en donde lo único que vale es el no tener enfrentamientos ni problemas. Somos los líderes europeos en paro juvenil (por encima del 40%) pero ahora desacreditamos todavía más la formación, al no exigir el aprobar las asignaturas para pasar de curso. Si la posición económica de una persona venía determinada en más de un ochenta por ciento por la situación económica de los padres, ahora nos acercaremos a baremos próximos al cien por cien. El título universitario no valdrá nada y lo discriminante será una caterva de másteres, que solo los más adinerados podrán afrontar. El sistema educativo, como un reflejo más de la sociedad que estamos creando, funcionará con el principio de la patada a seguir. El instituto dejará de crear “traumas” a los pobres chavales con los exámenes, pasará el problema a las universidades y éstas terminarán por regalar los títulos y que venga el Tío Paco del muro del mercado laboral con las rebajas. Cuanto menos formada la gente, mejor. Hay un proceso del que venimos advirtiendo hace tiempo. Antes de la crisis de 2009 y aún antes, con la caída del muro de Berlín, creíamos que la democracia era irreversible, que no había nada mejor. Pero las encuestas en todo el mundo occidental no dejan de alumbrar una tendencia alucinante, con muchos jóvenes que aceptarían gobiernos no democráticos a cambio de cierto nivel de bienestar. La mano dura empieza a ser un valor al alza, sobre todo entre los que nunca la han experimentado. Por eso son tan peligrosas las leyes "adormecedoras”, aquellas que aparentemente presentan un bien, pero que realmente esconden, para decirlo en términos marxistas, la alienación de sus ciudadanos.

Uno de los aspectos más maravillosos de la democracia es que la razón y la exposición de ideas sustituyeron a los imperativos del poder absoluto, imanados directamente del derecho divino. El ordeno y mando, el tradicional “esto se hace así por mis cojones”, pasó a tener que estar justificado y pasar un debate entre distintas fuerzas políticas. Esto parece estar cambiando en todo el mundo, con los ejecutivos cada vez arrancando más parcelas de poder. Los parlamentos, que eran lugar de expresión de ideas distintas, han pasado a ser teatros donde se va a adorar al líder supremo que da de comer a todos. Las decisiones son siempre absolutas, sin ningún tipo de voz extraviada en cada grupo parlamentario, y cada verso suelto pasa inmediatamente a ser extraditado al gulag de la falta de cargo. Nada más patético que la unanimidad de aplausos ante el glorioso y napoleónico soberano de turno. Sin hablar de la suma arrogancia de decir siempre que el que no apoya las directrices del gobierno está contra la nación. Quizá sea mi corazón rojiblanco, pero llevo más de veinte años sin votar al partido que está en la legislatura anterior en el poder, por higiene democrática, quiero pensar.

Si a esta “tara” atlética le uno mi propia forma de ver los mercados, en los que las verdades absolutas cambian de posición de forma instantánea, sufro una desconfianza patológica ante todo aquel que enarbola verdades o afirmaciones absolutas. Estamos rodeados de cazadores de certezas (también en palabras de Irene Vallejo) para los que no hay inventada todavía vacuna alguna y todos los que dudamos, no producimos más que desconfianza.

Como le decían al gran Yogi Berra: “¿Es que usted nunca sabe nada, Berra? A lo que el cátcher decía: Yo ni siquiera sospecho”.

Buena semana,

Julio López Díaz, 13 de noviembre de 2020

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