El rey Nikita

Julio López Díaz, 22 de diciembre de 2020

Es conocido que la especulación produce beneficios incluso durante las guerras y a costa de ellas. Pero ¿quién podría pensar que una guerra fuera consecuencia de una especulación financiera? La cosa sucedió en 1912, en los Balcanes, donde cuatro estados decidieron aliarse contra un enemigo común: Turquía. Un acuerdo militar unió a Grecia, Serbia, Montenegro y Bulgaria. En Montenegro reinaba el rey Nikita, y las cajas del Estado solían estar vacías. Para sus grandes gastos, el rey recurría a la Bolsa. Una mañana del mes de septiembre de 1912 se presentó el propio hijo del rey en la sede de la Banca Reitzes en Viena con un mensaje del rey: “Venda todo y al precio que sea. La guerra contra Turquía es inminente”. La banca procedió a vender todo, y como suele pasar en estos casos, vendió también posiciones propias y de algunos amigos cercanos. Vendieron deuda de todos los países implicados en el conflicto.

Al principio, los acontecimientos parecieron confirmar las informaciones facilitadas por el rey, con movimientos de tropas que hicieron bajar las cotizaciones. Pero enseguida se firmó la alianza franco-rusa, y se difuminó la posibilidad de un conflicto inmediato. El mercado volvió a su nivel normal, y los especuladores a la baja sufrieron grandes pérdidas. No obstante, se recibió un telegrama en las oficinas del banco austriaco con el siguiente mensaje del rey: “no se preocupen, sigan vendiendo”.

El 18 de octubre de 1912, los montenegrinos hicieron sus primeros disparos de cañón contra Escutari, una pequeña ciudad turca junto al lago del mismo nombre. Montenegro había hecho caso omiso de las categóricas decisiones de las grandes potencias y le declaró la guerra a Turquía. Los compromisos de la alianza entraron en vigor, y Serbia, Grecia y Bulgaria se vieron obligados a intervenir en las hostilidades. Todos los valores bursátiles de estos países se desmoronaron: El rey se embolsó enormes ganancias.

Esta historia la contaba André Kostolany en su libro “ El fabuloso mundo del dinero y la bolsa”, y es un buen ejemplo de lo fácil que lo tienen algunos personajes, para manipular los precios de los activos financieros. Y eso en un mundo en el que todavía no se negociaban las opciones sobre acciones de forma tan generalizada como ahora. En los últimos meses, hemos visto a los directivos de empresas farmacéuticas hacerse de oro desplegando noticias de sus vacunas en momentos determinados o como el FBI detenía a un empleado de S&P que formaba parte del comité de selección de valores para entrar en los índices de su compañía, por hacer operaciones de derivados sobre estos valores a través de la cuenta de un amigo ( criterios de selección que por otra parte han cambiado de metodología al menos 6 veces en los últimos cuatro años). Hemos visto como el propio presidente de la FED, ha tenido una ganancia en su cartera cercana a los 40 millones de dólares, gracias sobre todo, a las medidas que el mismo ha implementado de compra de activos. Vamos a presenciar en los próximos meses como van a subir otra vez las recompras de acciones (la FED acaba de aprobar estas operaciones para los bancos americanos). Hemos visto como los bonus en Goldman Sachs van a dispararse un 20% en este año y que los PIB mundiales se van a ir al carajo. Eso sí, el inmenso paquete fiscal americano va a repartir 600 dólares a cada americano… Es el mundo que nos está tocando vivir, que cada día se parece más a los días anteriores a la Revolución Francesa.

La bolsa ahora mismo es un gigantesco casino, liderado por todas las salidas de nuevas empresas que estamos viendo, la última la de Airbnb. La estrategia de las nuevas compañías es expandirse y hacerse lo más grandes posible, hacer liquidez antes de ver si los negocios que han emprendido son realmente rentables y el que venga detrás que arree. Para reafirmar este sentido ludópata, sólo tenemos que ver que la última empresa en incorporarse al Eurostoxx 50 es la irlandesa, Flutter Entertaiment, dedicada a las apuestas online.

Hemos estirado tanto el chicle que nos encontramos en un callejón sin salida, en el que no cabe sino llevar las mismas decisiones monetarias hasta el infinito. Muchas veces pienso que el éxito de los mercados es el fracaso de la economía. El mercado absorbe todos los recursos en una carrera hasta el infinito y más allá, creando un espejismo de que el mercado te puede dar lo que no da la economía real, con el beneplácito de las élites monetarias que, como ya hemos visto, son las que más se benefician . Y en ese proceso los inversores están aceptando unos riesgos para los que no tengo claro que estén muy preparados. El panorama inversor es desolador, con tipos de interés negativos y activos por las nubes, y todas las inversiones basadas en que, si algo sale mal, ya vendrá el Estado a quedárselo. En esta lucha por la “eficiencia” global, las prioridades de las empresas han cambiado. La estabilidad, la continuidad y la responsabilidad hacia los empleados y la comunidad, han dejado paso al simple valor de la acción.

¿Y esto qué carajo de repercusiones tiene para nuestros clientes?, que es al fin y al cabo a los que nos debemos. Pues dado el panorama que tenemos por delante, volvemos a recurrir a Kostolany:

“Quien tiene mucho dinero, puede especular; quien tiene poco, no debe especular; quien no tiene nada, tiene que especular”.

Cualquier mercado es oferta y demanda, y las toneladas de dineral que se están imprimiendo desnivelan la balanza, y eso, lo debemos tener en cuenta. Hay mucho dinero y cada vez más activos con rentabilidades negativas, lo que permite que otros por comparación parezcan más atractivos. Esto permite múltiplos más altos. Lo que nos encontramos realmente, es que el billete de banco, el euro depositado en la cuenta corriente, no valgan nada. No se engañe, el euro que a usted le cuesta tanto llevar a su cuenta está en un proceso de depreciación sin parangón. Usted le da 100 euros al gobierno alemán y le va a devolver 92 dentro de 10 años. ¿Van a subir alguna vez los tipos de interés? Pues dado el panorama que tenemos por delante, con una tecnología que provoca deflación y desempleo, una curva demográfica en muchos países aterradora, y los niveles de deuda estratosféricos, se nos antoja complicado.

La marcha de las bolsas la podemos resumir en una fórmula= Dinero+ Psicología. La primera parece que se seguirá inflando, y dependeremos de la segunda, que ya sabemos que alterna entre la euforia y el miedo, y que, como ya hemos recalcado muchas veces, se basa en el aspecto religioso de creencia en los Bancos Centrales. Y mientras Moisés no vuelva a bajar del Sinai, parece que adorar al becerro de oro va a ser lo más común. Y con estos parámetros, los inversores van a tener que asumir cambios importantes en sus cuentas de pérdidas y ganancias. Se acabaron inversiones seguras al 2-4%. Para el que no esté dispuesto a correr riesgos, su rentabilidad será de al menos un 1% negativa.

En épocas en las que convergen todos los fenómenos positivos, como puede ser ahora (y en estos no está la marcha de la economía), las cotizaciones de los valores pierden toda relación con la realidad. Degeneran hasta convertirse en meras cifras sin significado alguno. Se convierten en números de teléfono con los que se puede hacer juegos malabares sin la menor reflexión, en la que los que más dinero ganen sean los menos informados. En tiempos de euforia, el buen jugador debe sujetar las riendas de la lógica de vez en cuando, pero en un momento dado tiene que ser lo suficientemente realista como para salirse del mercado, cuando se giren uno de esos dos factores que hemos hablado antes. Así se deberá actuar pese a las seductoras cifras relativas que aparezcan en distintos análisis y pese a las causas fundamentales. Lo normal es que el mercado se dé la vuelta cuando el futuro presente sea de color de rosa, igual que ha subido cuando había rayos y truenos.

Esperemos que la próxima vacuna supere el 100% de eficacia, y nos permita hablar un fluido francés y alejemos este desastroso 2020.

Feliz Navidad,

Julio López Díaz, 22 de diciembre de 2020

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