Treinta años en el mercado

Julio López, 28 de enero de 2021

Llevo 30 años en mercado. En estos años, he visto de todo, pero no tengo la más mínima duda de que estamos en la mayor burbuja (en algunas partes del mercado) que he presenciado en todo ese tiempo. La que empezaron a montar Powell y sus amigos ha superado ya los tulipanes, Los mares del Sur y las puntocom por varios cuerpos, y lo que no se dan cuenta es que estallará todo por los aires y con un daño atroz que no podemos hacernos una idea. No nos damos cuenta, pero los que operamos en los mercados realmente estamos metidos en un videojuego, en una realidad paralela. Mientras la economía se derrumba, las máquinas de Terminator han alcanzado sus objetivos, y los científicos que los crearon siguen pensando que siguen obedeciendo al dictado de sus órdenes, cuando ya tienen vida propia. Como en una política distópica futurista, los “niños” quieren superar a sus mayores, y como nuevos Edipos han tomado las armas y han matado a sus padres (o los gestores de hedge funds, para no ponernos demasiado opacos y estupendos). Se agrupan a golpe de tweet y van poniendo bombas por todo el mercado de forma alegre, ante la mirada bobalicona y babeante de las autoridades monetarias y de los mercados. Veremos, cuando acabe la noche y los primeros rayos del día nos dejen ver el campo de batalla, contaremos las víctimas y si queda alguien en pie. Esperemos que no acabe como aquella cruzada medieval de los niños que acabaron todos como esclavos. Los mercados han muerto. ¡Viva la anarquía!

Decía Lenin (apócrifa la frase, pero nos viene bien) que la mejor forma de acabar con el capitalismo es corrompiendo su moneda. La dinámica es muy sencilla y seguro que Shu Zhu tiene alguna frase para describirlo. La liquidez infinita crea monstruos. Las cifras son explicativas, pero siempre hay alguna voz que nos desautoriza. El 26% de las empresas que cotizan es Estados Unidos tienen ya un múltiplo sobre sus ventas por encima del 20. Las empresas tecnológicas en pérdidas tienen una capitalización conjunta cercana al PIB de España (y eso que Tesla, gracias a esos centimillos que gana, el culillo de las vacunas que diría otro, ya está dentro de las compañías con beneficios). Las 16 acciones que tenían más posiciones cortas a 31 de diciembre suben más de un 70% en lo que llevamos de año. Se ponen de acuerdo unos cuantos de esos que han recibido un cheque del gobierno para compensar la pandemia y se llevan por delante a todos los cortos que se ven obligados a comprar a cualquier precio sus posiciones. Todo ello hecho con opciones, que así podemos apalancarnos hasta el infinito, y en los valores cuanto más pequeños mejor. Y como el célebre párroco alemán de tiempos de los nazis, no nos preocupamos porque a fin de cuentas a nosotros no nos ha tocado, y los que operan a corto forman parte del ejército de Belcebú. ¡Qué se jodan! El problema es que perdemos de vista la verdadera labor que tienen los mercados, reflejar o anticipar una situación económica, y sus síntomas nos ayudan a poder hacer frente a una enfermedad más grave. La fiebre nos avisa de que algo va mal y podemos ponerle remedio. Cuando evitamos la función de los precios, interviniendo sin ton ni son en su formación, lo que pasa es que estamos asintomáticos y hacemos vida normal, hasta que un día, repentinamente, nos pondrán el pijama de pino sin aviso. Eso es lo que está sucediendo en los mercados por la ceguera e incapacidad de sus dirigentes. La gangrena poco a poco va extendiéndose por no querer tomar medidas anteriormente. El riesgo moral (inmoral realmente) que hemos desarrollado hasta la extenuación, cuando el Estado cubre los riesgos de unos pocos, mientras que esos pocos no comparten los beneficios, es ya insoportable.

Hemos visto como Gamestop valía 245 millones de dólares hace 28 días y pasa a valer 24.000 millones ahora (tiendas de videojuegos, con un futuro equivalente a los videoclubs de nuestra época). ACM, cadena de cines, ha pasado de valer 750 millones de dólares a 8.000 millones. Todo negociando con opciones sobre acciones.

Dice el dicho popular que solo los borrachos y los niños dicen la verdad. A éstos, habría que añadir a los políticos que no necesitan pelear por salir en la foto, y los gobernadores de Bancos Centrales cuando dejan su trabajo. Decía mi primo Draghi la semana pasada: “Los encargados de formular política deben actuar con urgencia, ya que la actual crisis de solvencia está erosionando la fuerza subyacente del sector corporativo en muchos países” y añadía “El problema es peor de lo que parece a primera vista, ya que el apoyo masivo a la liquidez, y la mera confusión causada por la naturaleza sin precedentes de esta crisis, están ocultando toda la magnitud del problema”. Y ese es el problema. Como vemos que el bono español a 10 años no se mueve del 0.10% con todo lo que está pasando, pensamos que eso va a ser así siempre, el gobierno va a poder gastar hasta el infinito y el BCE se lo va a comprar siempre, con lo cual, ¿para qué preocuparse? Si queríamos tener una sociedad en la que el Estado sea el único proveedor de una paguita para todo el mundo, desde luego estamos dando los pasos adecuados.

En 2007, el problema estaba en el sector hipotecario, y no pasaba nada porque subía y todos contentos. ¿Qué hay de malo en que la gente se gane unos duros comprándose cuatro casas en mitad de Death Valley, apalancándose hasta las cejas? Luego vimos que los vasos comunicantes de la economía funcionaban, y todo saltó por los aires. Cuando se crea una burbuja todo el mundo menosprecia las consecuencias de su estallido, pero no caen en la cuenta  de que las depresiones siempre provienen de excesos anteriores. Y aquí nadie quiere pagar esos excesos. Sobre todo si, como el presidente de la FED, gana cincuenta veces más dinero en las posiciones que tiene en bolsa que lo que recibe por su salario. Es como el político que te dice que te quedes confinado en tu casa a toda costa, pero en cambio si es a un mitin sí puedes ir. Hay que cambiar las farolas de la Puerta de Sol por guillotinas…

Decían los renacentistas que el hombre era la medida de todas las cosas. El problema es que es inestable, y parece variar en su estado líquido solo entre el cubito de hielo o el vapor de agua como ahora, sin tener estados intermedios. O estamos deprimidos o estamos eufóricos. Ante una cuestión positiva, como es la paulatina adaptación desde un planeta dependiente de los combustibles a uno basado en las energías menos contaminantes, creamos una burbuja inversora que arrampla con todo y que tenemos que ver en que desembocará, pero que puede hacer descarrilar todo.

Los que parecen más listos de todo este juego, y ya me repatea, son los chinos, que son los que parece que mejor están haciendo las cosas. Empieza a haber movimientos en su mercado, que deberíamos seguir como anticipación de cambios de dirección en el resto. Han tenido también su subida apoteósica de mercados, pero parece que están cogiendo el toro por los cuernos. ¿Cómo? Pues de forma sibilina, estamos viendo como han empezado a retirar liquidez del mercado para que no se caliente en exceso la máquina, y los tipos repo a semana han subido hasta el 6%. Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…

Como conclusión, se están dando todas las pautas y excesos previos a una corrección de mercado importante. No hay cortos (solo el 1.5% en USA, el nivel más bajo de su historia, entusiasmo quinceañero entre los nuevos jugadores y posicionamiento extremo en el que mucha gente ha tirado la toalla). La volatilidad subiendo, y curiosamente más en las call que en las put. Los movimientos extremos en valores tenemos que tratarlos con cuidado. Mucha gente, para compensar las pérdidas en algunas posiciones que se han ido de madre, pueden vender otras acciones que no tienen nada que ver, y podemos asistir a movimientos espasmódicos sin mucho sentido, lo que también servirá para crear oportunidades.

El fuego purificador se acerca… Todos tenemos un vecino que cierra las persianas como si estuviera decapitando a Maria Antonieta. A lo mejor es el momento de preguntarle qué hace el fin de semana…

Buena semana,

Julio López Díaz, 28 de enero de 2021

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