El psiquiatra barcelonés

Julio López, 18 de febrero de 2021

Se cuenta que un conocido psiquiatra barcelonés fue a dar una conferencia a una ciudad cercana. Terminó la disertación, en la que recibió cálidos aplausos. Al final, se le acercó el alcalde y le preguntó: – “Dígame, doctor ¿Cómo hacen para saber si un individuo está loco?”

– “Hombre, es difícil saberlo así… hacemos preguntas para saber cómo razona.”
– “¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de preguntas?”
– “Pues, por ejemplo: el explorador Cook realizó tres viajes al Polo Norte y en uno de ellos murió ¿en cuál de los tres?”

El alcalde estuvo pensando un rato y dijo: – “Doctor, hágame a mí unas cuantas preguntas, pero que no sean de geografía que no tengo ni idea.”

Lo mismo nos pasa a muchos gestores cuando nos preguntan sobre lo que pasa en los mercados financieros, y cosas que parecen claras y evidentes distan bastante de serlo. Últimamente nos preguntan por las semejanzas y diferencias que encontramos con lo que pasó en el año 2000.

Los niveles de precios y valoraciones que están alcanzando numerosos activos empiezan a preocupar (la verdad es que solo lo hace a una pequeña minoría de galos irreductibles, entre los que me encuentro) y buscamos paralelismos con otros episodios de la historia financiera. En términos de valoración, ya podemos decir que hemos superado registros históricos, por ejemplo, en términos de capitalización bursátil sobre PIB (200% cuando antes se consideraba que un 130% era síntoma de burbuja), de múltiplos sobre ventas, o en términos de beneficio operativo sobre valor de compañía.  Los índices de pánico-euforia están totalmente disparados en su parte más optimista, dado el posicionamiento extremo, la no presencia de cortos y la preponderancia inmensa del momentum en las inversiones, y la complacencia inaudita del mercado. Lo que está pasando en los mercados primarios, con lo visto en el año 2000, es también similar. Están proliferando las salidas a bolsa y la colocación de participadas, que suele ser un signo de que sus propietarios quieren hacer caja como sea, aprovechándose del flujo inversor que opera por semántica y no por matemáticas. En muchos casos, las valoraciones serán superiores a todo el flujo futuro de beneficios de esas compañías. En el año 2000 fueron las TMT y este año lo están siendo las renovables de las energéticas. No hace falta recordar que esta llegada de papel indiscriminado al mercado fue una de las causas de su caída posterior. A estas colocaciones de participadas, en el caso americano, se le unen las famosos SPAC (Special Purpose Acquisition Company) que están saliendo a bolsa para aglutinar dinero y luego con él invertir. Un milagro de los panes y los peces que hubiera cambiado el mundo hace dos mil años. Levantan mil millones de dólares, que por arte de magia valen mil trescientos millones el primer día de cotización, sin haber invertido todavía nada. A estos aspectos técnicos, se une un concepto sociológico: la realidad deja de ser el centro de referencia de los mercados financieros, para convertirse en algo secundario, perimetral, superado por una narrativa que muchas veces repetida, la suplanta. Hemos adquirido el mecanismo espiritual necesario para vaciar a la realidad de todo significado, y lo hemos cambiado por un mundo tecnológico que supera cualquier cosa. También el hecho de haber pasado por un hecho traumático, como es la pandemia, hace que la gente se agarre a cualquier cosa que nos haga escapar de ella. Leía hace poco a Steve Tesich. Sostenía, a propósito de otros tiempos convulsos como fueron los de la Guerra de Vietnam y el caso Watergate, que las personas tendemos a comportarnos desdeñosamente ante las malas noticias, y que concretamente los estadounidenses, empezaban a colocar la verdad y las malas noticias al mismo nivel, confundiendo unas con otras. La gente no quería saber la verdad, y a partir de ahí se aceptó la censura y el control de la información. Por eso se empieza a hablar también de la repetición de los locos años 20 que siguieron a la IGM. La salida del túnel de la pandemia se hará con un desenfreno de gasto y la instauración del CARPE DIEM. Es muy humano agarrarse a un clavo ardiendo cuando se sufre en el presente.

La diferencia respecto al año 2000, y tiene mucho peso, es la situación de los tipos de interés, en negativo aún en muchos casos, y el papel desequilibrante de los Bancos Centrales, que van a poner toda la carne en el asador, y seguirán dando liquidez a cascoporro.

Lo único que puede hace cambiar los planes de los Bancos Centrales es que la inflación se desmande. Esto de la inflación, en muchos casos, funciona como las profecías autocumplidas. Para protegerse de la inflación, los jugadores financieros compran futuros sobre materias primas, que terminan subiendo por esos flujos compradores, y terminan trayendo esa inflación. Desde los mínimos de marzo, hemos visto como los precios de los metales, el petróleo y muchos alimentos han subido de forma dramática, superando en muchos casos, los precios pre-pandemia. El precio del maíz, básico en la cadena de alimentación por su consumo en animales, está un 40% por encima de marzo del año pasado. El azúcar ha subido un 61%, el algodón un 60% y la soja un 70%. La revolución energética que nos viene también ha tenido un efecto brutal en los precios de los metales y los minerales. Los elementos necesarios para la construcción de coches eléctricos se han disparado. El litio, necesario para las baterías, ha subido un 350% desde marzo, el cobalto un 33% solo en lo que llevamos de año, y el grafito un 94%. Como ven, de la revolución verde también hay alguien que saca tajada de forma salvaje. Es muy curioso como funcionan los mercados de alimentos, y no debemos descartar más subidas por un efecto de poca oferta. Después de diez años con la mayoría de los precios a la baja, los agricultores dejaron de producir y ahora podemos ver las consecuencias. Para aprender como funcionan los precios agrícolas no hay nada mejor que pasarse por un bar manchego un día a la hora del aperitivo. Coinciden los parroquianos y se quejan de que les pagan poco por el precio de la avena, y que lo que ha funcionado ese año ha sido el trigo. La consecuencia es que al año siguiente todos plantan trigo y vuelven a encontrarse con precios a la baja porque todos han plantado lo que había funcionado bien el año anterior.

Yo no tengo claro que esta situación de inflación sea perdurable en el tiempo, y sobre todo que tenga un efecto inmediato sobre la actuación de los Bancos Centrales. Tendremos unas subidas por efecto estacionario hacia finales de primavera, cuando dejemos de recoger las caídas estrepitosas del año pasado, pero nos encontramos con varios ponderables en su contra. Por un lado, lo que recoge el IPC ha dejado de ser relevante en muchos casos para la cesta de la compra de la mayoría de la ciudadanía. La inflación de activos, sobre todo la vivienda, no está recogida en esos índices. Por otra parte, lo que realmente podría empujar la inflación, la subida de la remuneración al trabajador, parece muy lejana en el tiempo, porque el efecto deflacionario de la tecnología, y los altos niveles de desempleo no van a ir por ese camino. No quita para que los excesos de mercado se paguen en las carteras. Sin ir más lejos, los inversores cautos en renta austriaca a 100 años han perdido un 25% en los dos últimos meses. Los Bancos Centrales europeos tienen 3.1 billones de euros de deuda pública, superando ya más del 40% del total. El Banco de España tiene el 26,5% del total de deuda pública española. 

Total, que todavía estamos en la encrucijada de saber si estamos en un tiempo nuevo o volveremos a los estallidos que suelen seguir a las burbujas.

En cierta ocasión, un muchacho muy feo hablaba con don Miguel de Unamuno. En un momento dado, le preguntó.  “¿Don Miguel, usted cree que el hombre desciende del mono?” “Lo malo, -dijo Don Miguel mirándole - no es que el hombre descienda del mono, sino que vuelva a él.”

Buena semana,

Julio López Díaz, 18 de febrero de 2021

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