El diablo está en los detalles

Julio López, 10 de junio de 2021

Don Sancho, hijo segundo del rey Alfonso el Sabio, que a la historia pasó como Sancho el Bravo, hallándose en Roma fue proclamado rey de Egipto por el Papa. Todos los cortesanos aplaudieron en el consistorio esa elección. Asombrado el príncipe de estos aplausos, preguntó su causa al intérprete. -Señor, el Papa acaba de nombraros rey de Egipto. Ah, ¿sí? Pues es preciso corresponder. Decid al pontífice que le proclamo Califa de Bagdad.

Dice el viejo refranero que el diablo está en los detalles, y siempre es más fácil dar lo que no se tiene. Dado que en los mercados no hay muchas novedades, y seguimos navegando sin viento, a la espera de si vuelve la habitual brisa alcista o por el contrario nos acomete alguna borrasca intempestiva, vamos a comentar algunos sucesos que afectan a la economía, pero que no tienen relación directa con las cotizaciones. Los ingredientes son diversos y vamos a ver como queda el cocido.

El primer vuelco lo puede representar la reunión de la semana pasada del G-7 que logró un gran y sorprendente titular: Se va a establecer un impuesto mínimo de sociedades del 15% en aquellos países donde tengan sus ingresos las empresas, y no donde tengan su sede societaria. Es un titular grandilocuente, pero poco más. No sabemos si el tipo es nominal o efectivo, y sobre todo no sabemos sobre qué bases imponibles se aplica, con lo cual los detalles serán los que marquen su singladura. Es una propuesta del G-7 y ya hay muchos países que se han apresurado a replicar que con ellos no va la historia. Países como Hungría, con tipos por debajo del 10%, dicen que verdes las han segado, y que por qué ellos van a perder su ventaja competitiva. Esto no es nuevo, es la famosa estrategia de tirar la escalera, de la que es suma maestra China. El concepto es claro. Yo crezco con unos parámetros y unas políticas determinadas, y cuando alcanzo determinadas cotas, quito la misma escalera por la que he subido yo para que no suba nadie más. La estrategia de sueldos bajos, ayudas estatales a las empresas y protección al producto propio valen para mí, pero no para el siguiente. Ahora China es el campeón del libre mercado. Con la pandemia han crecido mucho los pasivos de las grandes potencias, aumentando deudas que ahora quieren mitigar, y asumiendo muchas obligaciones en temas de pensiones, seguridad laboral y sanidad. Ahora, se ven todos los “detalles” del proceso de globalización de los últimos cuarenta años, que ha conseguido unos Estados sumamente débiles y unos efectos devastadores en cuanto a empleo, cadenas de producción y sometimiento a las grandes multinacionales. Otro dato sorprendente es que todo el mundo esté contento con el acuerdo. Las empresas, los gobiernos, los contribuyentes. Algo no cuadra, pero ya nos enteraremos.

Otro campo en el que han salido “detalles”: hay sorpresa entre los usuarios eléctricos cuando se han dado cuenta de que ser verde y guay tiene costes. Es una consecuencia de que los Estados siguen tratando a sus ciudadanos como niños de teta, que cuanto menos sepan de las cosas mucho mejor. En vez de explicar un balance con sus activos y pasivos, llevan años hablando solo de las bondades del cambio y omitiendo que el cambio viene acompañado de una subida de la factura a pagar. Como decía el gran Eduardo Augustin, no existen las opciones gratuitas. Es un cambio que debemos hacer y asumir, sin duda, pero cada vez que se presente una gran propuesta deben dibujarse todos sus claroscuros. Si no, todo el mundo pensará, como los niños chicos, que para obtener dinero solo hay que ir al cajero y sacarlo. Otra cosa es que ya toca cambiar el sistema marginalista de fijación de precios. Ahora mismo, las energías renovables representan alrededor del 40% de la electricidad que usamos, y se pretende llegar al 75% en 2030, pero el precio con el sistema actual siempre lo fijarán las energías residuales, que son las más costosas. La fórmula con la que se intenta disminuir las emisiones contaminantes es creando un mercado de derechos de emisión de CO2, de forma tal que las empresas contaminantes tengan que comprar esos derechos a precios cada vez más altos. El problema es que las empresas se limitan a repercutir esos costes en el precio al que ofrecen su electricidad en el mercado; no lo interiorizan, con lo cual al final da igual, y los únicos beneficiarios son los oferentes de la electricidad a precio cero, que aumentan sus márgenes, sin que el consumidor se beneficie de ninguna forma. También debemos destacar que la tan denostada energía nuclear tiene cero emisiones de CO2 y que el día que se cierren, vendrán a aumentar todavía más el precio de la factura.

Tercer vuelco del cocido, el precio de los medicamentos y sus propios detalles. Esta semana, la FDA americana ha aprobado un medicamento de la biotecnológica Biogen para el tratamiento del Alzheimer. Es un titular maravilloso, pero con un desarrollo de la noticia más peliagudo. Debemos de lamentar que en los últimos dieciocho años no ha salido ningún medicamento nuevo contra esta maldita enfermedad, y que cualquier noticia es alentadora y esperanzadora. Pero si analizamos más minuciosamente la noticia, surgen muchas dudas. Biogen es una empresa que en alguna ocasión he tenido en cartera, y que sigo mucho precisamente por el estudio sobre el Alzheimer con el que lleva una década. Con la noticia, sus acciones han subido un 42% y ganado casi 20.000 millones de dólares en capitalización. Lo sorprendente es que se ha aprobado su comercialización con diez de los once miembros del órgano consultivo de expertos en contra, y el otro con dudas. Es un hecho que no se había dado en toda su historia. Los detalles: el tratamiento anual tiene un coste de 56.000 dólares, puede generar ingresos para la compañía de 20.000 millones de dólares anuales, los neurólogos no tienen nada claro que sea un medicamento eficaz y argumentan que no hay evidencias científicas que lo respalden. Es cierto que reduce la presencia de una proteína, la beta-amiloide, que está presente en todas las placas seniles de enfermos, pero no se ve una mejora en los pacientes después del tratamiento, y que el que esté presente esa proteína no significa que sea la causante de la enfermedad. Parece más una decisión política que científica, y al final llegamos a la pregunta para la que no tengo respuesta: ¿Se deben financiar este tipo de medicamentos que aportan en el mejor de los casos, una leve mejoría en el paciente y un gran beneficio a la farmacéutica de turno? ¿Los recursos para estos casos deben ser ilimitados, o fijarlos en términos presupuestarios de escasez o de elección?

Postre: lo que está pasando con el bitcoin. Habrán visto los titulares de periódicos en los que destacan como el bitcoin ha perdido la mitad de su valor en el último mes. Pocos dicen que su rentabilidad desde diciembre sigue siendo del 100%. Y eso que está combatiendo con todas las “fuerzas del mal” que están desplegando todo su armamento pesado para acabar con él. Es curioso como en una semana se han unido los bancos centrales, el partido comunista chino y hasta el papado en su contra. Se remarca siempre su carácter cuasi delictivo y de centro de la economía sumergida. Seguramente Lee Harvey Oswald recibió un pago en bitcoin para cargarse a Kennedy, y la explosión del Vesubio que acabó con Pompeya se debió a mineros de criptomonedas. Pero, en mi opinión, todos estos ataques, contrariamente a lo que se ve, están revelando una gran fortaleza de la criptomoneda. Primero, su sistema ha salido airoso del volumen de transacciones efectuadas, se han liquidado bien todas las operaciones y los vendedores han sido las cuentas más nuevas, las que se crearon en los últimos seis meses al calor especulativo y que realmente no entienden bien el producto. Las cuentas más antiguas no han vendido en ningún momento, a pesar de ser las que más plusvalías concentran. Recordemos que en el susto anterior, en 2017, cuando cayó de 20.000 a 3.000 (un 85%) contaba Stanley Druckenmiller, el socio de Soros: “He recibido una llamada de Paul Tudor Jones que me decía, - ¿sabes que cuando Bitcoin ha tenido esta caída del 85%, el 86% de la gente que lo tenía nunca vendió nada?...- así que tenemos algo con una oferta limitada y con el 86% de los propietarios que son como fanáticos religiosos”. No hace falta que les diga que yo soy un ferviente defensor del bitcoin y sigo en él instalado desde hace ocho años. No tengo ni idea de lo que puede valer o llegar a valer, pero soy un comprador fanático de su idea y de su carácter descentralizador. No opino igual de todas las criptomonedas. Pienso que el 90% no valdrán nada, empezando por Dogecoin. Tener bitcoin y ser del Atleti son mis dos formas de rebeldía para afrontar el mundo manipulado por las élites en el que nos movemos. Se me ha unido ahora El Salvador (otro país atlético) que acaba de aprobar el bitcoin como moneda de curso legal. Un país con el 70% de su población que no tiene acceso a servicios bancarios, y que el 22% de su PIB proviene de remesas de emigrantes, es un lugar ideal para adoptar el bitcoin, reduciendo sustancialmente los costes de transacción, los tiempos de recepción de transferencias y aumentando con ello la actividad económica del país. Panamá y Paraguay están estudiando también su implantación. Deben de estar temblando los dueños de las impresoras del mundo, acostumbrados a inundar de papeles el mundo, y muchos países pequeños esperanzados de eliminar la esclavitud del dólar. Segura y desgraciadamente, no les saldrá gratis a estos países. De hecho, ayer se rumoreaba que el FMI iba a demorar un crédito a El salvador.

Ya saben, toda buena intención tendrá su justo castigo.

Buena semana,

Julio López Díaz, 10 de junio de 2021

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